Placeres ocultos
Richard era en realidad un buen hombre, casado con una bella mujer de nombre Sarah había formado una familia americana de buena finta. Tenían una hija de 12 años a la que nombraron Linda en honor a la suegra de Richard.
El tipo, dedicado de tiempo completo a la medicina era un notable ciudadano de Allenton, Pennsylvania. Conocido por todos por su carácter serio y ecuánime, así como por su gran capacidad de servicio, era un hombre respetado en los alrededores. Era un excelente padre, comprensivo y amoroso, su adoración siempre fue su hija Linda a la que consentía aún más que a Sarah, por lo general iban en familia a la capilla de la iglesia que estaba solo a algunas cuadras de su vivienda. Era muy común que en las fiestas de sociedad con fines altruistas fuera invitado de honor y era muy solicitado para dar conferencias de medicina en la Universidad Estatal, sus conocimientos lo avalaban como uno de los mejores en su área. Múltiples diplomas y reconocimientos adornaban las paredes de su estudio. Mantenía en riguroso y estricto orden sus actividades diarias, muy temprano se dirigía a su consultorio particular en el que se mantenía prácticamente todo el día, regresaba entradas las 9 o 10 de la noche a su casa a cenar con la familia. Muy pocas veces se les veía salir de vacaciones o de paseo, muy normal en la vida de un doctor de reconocido prestigio que siempre estaba al pendiente de la salud de sus enfermos. Su vida, a riesgo de parecer ante los ojos de los demás, monótona en realidad no lo era tanto.
Richard tenía un hobbie muy personal y del que nadie tenía conocimiento.
- ¿Richard Herber?, paquete para usted… firme aquí, por favor – dijo un mensajero a las puertas de su casa
- Gracias…
Generalmente Sarah y la joven Linda acostumbraban ir los fines de semana a visitar a los abuelos en New York, dejándolo de tres a cuatro días en promedio una vez al mes. Richard tenía mucho trabajo en Allenton como para acompañarlas, así que se había hecho una costumbre el dejarlo solo en casa algunas ocasiones.
Era sábado, no había ido a trabajar en todo el día precisamente para estar presente cuando su paquete llegara proveniente de New York y él mismo pudiera recibirlo. Se aseguró de cerrar muy bien las cortinas de su despacho y se acomodó en su sillón favorito.
Se sentía muy cómodo, a pesar de lo que estaba a punto de hacer.
El teléfono interrumpió esos segundos de tranquilidad con un timbrazo fuerte.
- ¿Richard? ¿cómo estas amor?... te llamé al consultorio pero me dijo tu secretaria que te habías sentido mal y que no habías ido a trabajar – preguntó angustiada Sarah
- Oh, no te preocupes, no es nada cariño, solo una pequeña jaqueca
- ¿pero te sientes bien amor?
- Claro, para serte sincero sirvió como pretexto para quedarme en casa a descansar, sabes que tiene mucho que no tomo vacaciones
- Si, entiendo… me lo hubieras dicho y venías con nosotras a New York
- Me hubiese gustado pero sabes que no puedo desatender mi trabajo tantos días, hoy estaré aquí en la casa descansando y reponiendo fuerzas, mañana temprano regreso al consultorio.
- Esta bien, solo hablé para saber como estabas, te pasaré a Linda, quiere saludarte…
- Si cariño, te amo….
- ¿Papá? Te extraño mucho… ¿Por qué no nos acompañaste a ver a los abuelos?...
- El trabajo hija, ya sabes…
- Si, ya lo se… espero que para la próxima si nos acompañes, al rato iremos a pasear y de compras por la 5th Avenue
- Diviértanse mucho hija, aquí las estaré esperando
- Si papá, te quiero mucho
- Y yo a ti, pequeña
La verdad es que odiaba mentirle a su familia, las quería demasiado. Pero su hobbie era mejor tenerlo oculto y más a la vista de su esposa e hija.
Tomo el paquete que había dejado en su escritorio y lo abrió. Tomo una de las cuatro cintas de video que contenía la caja perfectamente sellada y la colocó en su aparato reproductor de video que se encontraba justo debajo de una gran pantalla enfrente de su sillón favorito.
Le subió al volumen, justo para que los vecinos no escucharan y él disfrutara completamente cada sonido emitido.
Era un video de pobre calidad, pero el producto en sí tenía un gran valor para él. Justo como lo había pedido, de tez blanca, rubia y de escasos 14 años de edad. Comenzaba con imágenes algo violentas, la chica estaba atada a una silla y parecía drogada.
Había pedido exactamente que el hombre la desvistiera muy poco a poco, el Dr. Richard tenía gustos selectos hasta para esas cosas y le desagradaba la rudeza. Su dinero le había costado – y demasiado – para que el tipo del video acabara rápido con ella.
Una vez desnuda el tipo la acariciaba muy lentamente, sus pezones, su delicada y tierna piel, aunque la escena parecía grotesca por la diferencia entre aquel obeso, moreno y enorme sujeto y la jovencita, al Doctor le excitaba en demasía aquellas imágenes. Al mismo tiempo que en la grabación el tipo negro metía su mano por todo el cuerpo de la chica y ésta se convulsionaba; Richard hacía lo mismo con su miembro.
Cada gesto de sufrimiento de la chica, cada respiración agitada era saboreada a distancia por el Doctor. Como si emanara de la pantalla el sudor de aquella joven mujer, el cuerpo de Richard se enchinaba y sus venas saltaban en sus sienes.
El tipo negro del video tiro al suelo a su cautiva, agresivamente abusó una y otra vez de ella. La joven, aún amordazada era capaz de saltar alaridos en verdad terroríficos, veía con horror como aquella bestia humana la ultrajaba a voluntad. Los minutos parecían horas, pero aún así era poco para lo que el Doctor quería, ya le había sucedido que en varias películas que había adquirido la presa ni duraba mucho viva. En este caso los 45 minutos que tenía de ser violada la joven le seguían pareciendo poco. A esas alturas del video aparecía la misma joven atada con las piernas abiertas y con dos tipos encima de ella – un tercero se les había unido minutos después – el cabello largo de la chica se encontraba empapado, así como su rostro de una mezcla de sudor, lágrimas y semen de tres hombres distintos.
El Doctor desde su asiento disfrutaba cada imagen, cada sonido, por momentos olvida quien era y que lo que hacía no estaba bien visto por la sociedad… o que los vecinos podrían escucharlo… su mente estaba fija en aquellos desagradables actos. Justo cuando sentía llegar su clímax, vio como la chica detuvo los latidos de su maltrecho corazón.
- ¡No es suficiente! – exclamó el Doctor sin medir las consecuencias que un grito de ese estilo pudiera tener si alguien lo escuchaba.
Respiró hondo… siempre que terminaba de ver esas películas sentía un gran remordimiento, sabía que no era correcto y que su hobbie era una bajeza, ninguna persona sana podría disfrutar de esa manera grabaciones en donde chiquillas eran violadas hasta la muerte. Se culpaba a si mismo, pero sabía que eso le llenaba y le satisfacía sus placeres ocultos.
- Si nadie se entera, no habrá ningún problema… es sólo una fantasía como muchos hombres la tienen – se decía a si mismo como para aminorar la culpa.
Además, la tarde estaba comenzando y para la noche tenía otros tres videocasetes por disfrutar. Estaba a salvo, su familia regresaría hasta el lunes, tenía tiempo suficiente para disfrutar sus videos y guardarlos en aquella cómoda que tenía bajo llave en un rincón del despacho. Su colección ya estaba bastante grande para ese entonces. Siempre seguía una misma línea: chicas menores de edad, de preferencia rubias y de aspecto totalmente inocente. Le parecían de mal gusto las grabaciones con prostitutas… inocentes se disfrutaban más.
El cómo había comenzado a adquirir esos videos es una historia larga, no tenía muchos contactos, sólo un teléfono que le habían escrito en una tarjeta en una sex-shop oculta en un barrio bastante hostil en New York. Siempre que deseaba material nuevo llamaba con discreción a ese número y hacía sus “pedidos”. No conocía los procedimientos de aquel negocio, suponía que usaban a chicas de la calle o jóvenes prostitutas engañadas de otras ciudades. La verdad eso no le importaba. Esta noche tenía que hacer un nuevo pedido.
- ¿Sí?... deseo un nuevo video
- ¿No le agradaron los que le mandamos ayer? – respondió una voz grave del otro lado de la línea
- Si, no están mal, pero quiero más. Quiero… a una chica más joven que éstas que tenían mala facha
- ¿Aún más joven? Esas tenían 14 y 15 años... ¿quiere una niña, por ejemplo?
- Si, una niña. Blanca, rubia y entre más inocente es mejor…. ah y entre más dure es mejor…
- Comprenderá que joder a una niña más tiempo que a una mujer es más difícil, no aguantan mucho…
- No me interesa, eso quiero
- Saldrá más caro amigo…
- ¿Cuánto?
- El doble, quizás… pero le aseguro que tendrá lo mejor
- Hágalo y pronto, pagaré lo que sea… y ya sabe, quiero que dure más tiempo, mándeme su mejor trabajo. ¿OK?
- Delo por hecho
Nunca una conversación entre ellos había durado tanto, pero en esta ocasión lo ameritaba, Richard tenía ganas de lo mejor, éstos cuatro videos eran solo un entremés del banquete que pensaba darse.
Aquella noche no durmió, se pasó la noche pensando en lo que vendría en su siguiente entrega, lo esperaba con ansia. A veces se preguntaba el origen de esos placeres, muy probablemente se debieron a que de muy chico su padrastro abusó de él. Nunca pidió ayuda a nadie ni lo dijo a su madre, Allenton era una ciudad pequeña y sabía que el rumor de la gente y sus habladas malsanas lo rechazarían y señalarían toda su vida.
Así que prefirió ocultarlo y convertirlo, con el paso de los años en un gusto personal. Y así como de niño abusaron de él, ahora él disfrutaba que hicieran lo mismo con niñas. Se decía a sí mismo que sus perversiones se compensaban con el bien que hacía a sus semejantes en Allenton, él respondía a su familia, con sus obligaciones y cariño.
Richard se reconocía como un hombre bueno, un pequeño secreto no podía afectarlo ni mancharlo, por sucio o enfermo que fuera ese secreto.
Muy temprano unos timbrazos en su puerta lo alejaron de un intento de sueño que por fin tuvo el Dr. Richard…
- Doctor Herber, abra por favor…
Richard salió con cara de pocos amigos para darse cuenta de que su vecina tenía un celular en la mano…
- Doctor, siento despertarlo tan temprano pero su esposa me dijo que le urge hablar con usted
- Ah, gracias señora McKensie
El Doctor tomó el celular, lo que le dijo su esposa parecía como para una pesadilla que nunca quiso experimentar.
- ¡Richard! ¡Ven por favor! – la voz de Sarah se oía muy angustiada
- ¿Qué pasa cariño?¡Dime!
- ¡Es Linda!...¡desapareció!... salimos anoche a Central Park, me dijo que iría a comprar unos dulces… yo… la deje ir sola mientras platicaba con la abuela…
- ¿¿Y??¿¿Qué pasó con Linda??
- ¡No lo sé, solo la perdí de vista un segundo… y ya no estaba!... no la encuentro por ningún lado… ¡ven, por favor!... llamé a la policía, pero necesito que vengas pronto… te estuve llamando toda la noche pero no funcionaba tu teléfono…
Richard recordó que después de llamarle a aquel tipo había descolgado el teléfono, no quería que alguien lo interrumpiera mientras terminaba de disfrutar sus películas. Se culpó por hacer eso.
Velozmente arrancó en su camioneta con rumbo a New York. El Dr. estaba preocupado por su pequeña hija.
- No puede ser… Linda, hija… - se decía a cada instante mientras pisaba a fondo el acelerador. Era muy temprano aún y no había mucho tráfico en la carretera, por lo que Richard aumentó la velocidad.
- Dios mío… no dejes que le pase nada malo… no a mi Linda… perdóname, por favor por mis pecados… juro… juro que no vuelvo a hacer nada malo… pero que no le pase nada a mi niña… - dijo
Su desesperación era tal que no tuvo el cuidado necesario al dar vuelta en una peligrosa curva. Cuando se dio cuenta era demasiado tarde, un camión de carga estaba justo enfrente de él.
Silencio
Como si le hubiera caído un rayo, Richard despertó sudando en una cama de hospital.
- ¿Li... Linda…?... ¿Sarah?... ¿Dónde estoy?...
Su esposa, que se encontraba a su lado le tomó la mano.
- cariño… tuviste un accidente
- si… lo recuerdo… ¿y Linda?... ¿Dónde está mi hija?
Apenas y podía moverse, su cuerpo había sido gravemente afectado por el choque, la camioneta rodó a varios metros del impacto y Richard salió disparado del parabrisas con heridas serias. Aún estando en cama un dolor muy fuerte le recorría toda su espalda. Sarah, después de unos minutos de quedarse en silencio soltó una lágrima y un sollozo que retumbo en la mente de Richard.
- a Linda la encontró la policía hace dos días… muerta
- pero… pero…
Los dos se abrazaron y lloraron mucho. Richard no tenía palabras ni podía articular alguna siquiera, sólo lloraba… el dolor era insoportable, el físico era insignificante.
Al día siguiente se realizó el entierro de la pequeña en el cementerio de Allenton, familiares y muchos amigos asistieron a compartir la pena con Richard y Sarah. Richard, asistió en silla de ruedas, aún sabiendo que debía de haberse quedado en cama. Quería estar con su pequeña en esos últimos momentos para despedirla.
Los siguientes días fueron muy difíciles. Las piernas del Doctor estaban aún en proceso de sanar, pero debía de usar muletas por un buen tiempo, así como collarín. La vida ya no era la misma desde aquella tragedia, la pequeña Linda ya no corría por toda la casa jugando alegremente ni abrazaba a su padre en las noches antes de dormir.
Aquella mañana Richard se encontraba en casa, no podía ir a trabajar aún. Sarah no estaba, pero confiaba en que su marido ya estaba recuperándose.
De repente tocaron la puerta. Era el hombre que le entregaba sus paquetes.
Por todo lo que sucedió había olvidado su último pedido. Lo recibió con desgano. Cojeando se dirigió a su sillón y se puso la caja entre las piernas. Era más pequeña que la última, seguramente porque sólo era un video esta vez.
Se sentía confundido… culpable porque si hubiera acompañado a su familia a aquel viaje no hubiera pasado nada. A cambio de eso había perdido a su hija y todo por su maldita afición a la pornografía infantil. De repente vino a su memoria que el cuerpo de Linda había sido encontrado en un contenedor de basura de una calle desolada, desnuda y con marcas indescriptibles de violencia. La habían violado. Lo que quedó de su cuerpo fue rescatado y en enterrado aquel día en el cementerio. Un pensamiento lo estremeció.
Miró la caja y la abrió. Contenía un solo video y una nota
Espero que con esto usted esté satisfecho. Tal como lo pidió.
Sus manos temblaban mientras metía la cinta al aparato… un escalofrío recorrió todo su golpeado cuerpo.
El Doctor Richard sólo miraba, esta vez no lo disfrutó… no lo gozó… sus ojos estaban puestos en el video al mismo tiempo que su alma se perdía con cada segundo de grabación y su cerebro se hundía en un océano de dolor. Tal vez el Doctor no murió por el accidente, pero sí lo hacía lentamente en estos momentos.
Gracias a ese video pudo volver a ver a su pequeña, sus últimos momentos…
El tipo, dedicado de tiempo completo a la medicina era un notable ciudadano de Allenton, Pennsylvania. Conocido por todos por su carácter serio y ecuánime, así como por su gran capacidad de servicio, era un hombre respetado en los alrededores. Era un excelente padre, comprensivo y amoroso, su adoración siempre fue su hija Linda a la que consentía aún más que a Sarah, por lo general iban en familia a la capilla de la iglesia que estaba solo a algunas cuadras de su vivienda. Era muy común que en las fiestas de sociedad con fines altruistas fuera invitado de honor y era muy solicitado para dar conferencias de medicina en la Universidad Estatal, sus conocimientos lo avalaban como uno de los mejores en su área. Múltiples diplomas y reconocimientos adornaban las paredes de su estudio. Mantenía en riguroso y estricto orden sus actividades diarias, muy temprano se dirigía a su consultorio particular en el que se mantenía prácticamente todo el día, regresaba entradas las 9 o 10 de la noche a su casa a cenar con la familia. Muy pocas veces se les veía salir de vacaciones o de paseo, muy normal en la vida de un doctor de reconocido prestigio que siempre estaba al pendiente de la salud de sus enfermos. Su vida, a riesgo de parecer ante los ojos de los demás, monótona en realidad no lo era tanto.
Richard tenía un hobbie muy personal y del que nadie tenía conocimiento.
- ¿Richard Herber?, paquete para usted… firme aquí, por favor – dijo un mensajero a las puertas de su casa
- Gracias…
Generalmente Sarah y la joven Linda acostumbraban ir los fines de semana a visitar a los abuelos en New York, dejándolo de tres a cuatro días en promedio una vez al mes. Richard tenía mucho trabajo en Allenton como para acompañarlas, así que se había hecho una costumbre el dejarlo solo en casa algunas ocasiones.
Era sábado, no había ido a trabajar en todo el día precisamente para estar presente cuando su paquete llegara proveniente de New York y él mismo pudiera recibirlo. Se aseguró de cerrar muy bien las cortinas de su despacho y se acomodó en su sillón favorito.
Se sentía muy cómodo, a pesar de lo que estaba a punto de hacer.
El teléfono interrumpió esos segundos de tranquilidad con un timbrazo fuerte.
- ¿Richard? ¿cómo estas amor?... te llamé al consultorio pero me dijo tu secretaria que te habías sentido mal y que no habías ido a trabajar – preguntó angustiada Sarah
- Oh, no te preocupes, no es nada cariño, solo una pequeña jaqueca
- ¿pero te sientes bien amor?
- Claro, para serte sincero sirvió como pretexto para quedarme en casa a descansar, sabes que tiene mucho que no tomo vacaciones
- Si, entiendo… me lo hubieras dicho y venías con nosotras a New York
- Me hubiese gustado pero sabes que no puedo desatender mi trabajo tantos días, hoy estaré aquí en la casa descansando y reponiendo fuerzas, mañana temprano regreso al consultorio.
- Esta bien, solo hablé para saber como estabas, te pasaré a Linda, quiere saludarte…
- Si cariño, te amo….
- ¿Papá? Te extraño mucho… ¿Por qué no nos acompañaste a ver a los abuelos?...
- El trabajo hija, ya sabes…
- Si, ya lo se… espero que para la próxima si nos acompañes, al rato iremos a pasear y de compras por la 5th Avenue
- Diviértanse mucho hija, aquí las estaré esperando
- Si papá, te quiero mucho
- Y yo a ti, pequeña
La verdad es que odiaba mentirle a su familia, las quería demasiado. Pero su hobbie era mejor tenerlo oculto y más a la vista de su esposa e hija.
Tomo el paquete que había dejado en su escritorio y lo abrió. Tomo una de las cuatro cintas de video que contenía la caja perfectamente sellada y la colocó en su aparato reproductor de video que se encontraba justo debajo de una gran pantalla enfrente de su sillón favorito.
Le subió al volumen, justo para que los vecinos no escucharan y él disfrutara completamente cada sonido emitido.
Era un video de pobre calidad, pero el producto en sí tenía un gran valor para él. Justo como lo había pedido, de tez blanca, rubia y de escasos 14 años de edad. Comenzaba con imágenes algo violentas, la chica estaba atada a una silla y parecía drogada.
Había pedido exactamente que el hombre la desvistiera muy poco a poco, el Dr. Richard tenía gustos selectos hasta para esas cosas y le desagradaba la rudeza. Su dinero le había costado – y demasiado – para que el tipo del video acabara rápido con ella.
Una vez desnuda el tipo la acariciaba muy lentamente, sus pezones, su delicada y tierna piel, aunque la escena parecía grotesca por la diferencia entre aquel obeso, moreno y enorme sujeto y la jovencita, al Doctor le excitaba en demasía aquellas imágenes. Al mismo tiempo que en la grabación el tipo negro metía su mano por todo el cuerpo de la chica y ésta se convulsionaba; Richard hacía lo mismo con su miembro.
Cada gesto de sufrimiento de la chica, cada respiración agitada era saboreada a distancia por el Doctor. Como si emanara de la pantalla el sudor de aquella joven mujer, el cuerpo de Richard se enchinaba y sus venas saltaban en sus sienes.
El tipo negro del video tiro al suelo a su cautiva, agresivamente abusó una y otra vez de ella. La joven, aún amordazada era capaz de saltar alaridos en verdad terroríficos, veía con horror como aquella bestia humana la ultrajaba a voluntad. Los minutos parecían horas, pero aún así era poco para lo que el Doctor quería, ya le había sucedido que en varias películas que había adquirido la presa ni duraba mucho viva. En este caso los 45 minutos que tenía de ser violada la joven le seguían pareciendo poco. A esas alturas del video aparecía la misma joven atada con las piernas abiertas y con dos tipos encima de ella – un tercero se les había unido minutos después – el cabello largo de la chica se encontraba empapado, así como su rostro de una mezcla de sudor, lágrimas y semen de tres hombres distintos.
El Doctor desde su asiento disfrutaba cada imagen, cada sonido, por momentos olvida quien era y que lo que hacía no estaba bien visto por la sociedad… o que los vecinos podrían escucharlo… su mente estaba fija en aquellos desagradables actos. Justo cuando sentía llegar su clímax, vio como la chica detuvo los latidos de su maltrecho corazón.
- ¡No es suficiente! – exclamó el Doctor sin medir las consecuencias que un grito de ese estilo pudiera tener si alguien lo escuchaba.
Respiró hondo… siempre que terminaba de ver esas películas sentía un gran remordimiento, sabía que no era correcto y que su hobbie era una bajeza, ninguna persona sana podría disfrutar de esa manera grabaciones en donde chiquillas eran violadas hasta la muerte. Se culpaba a si mismo, pero sabía que eso le llenaba y le satisfacía sus placeres ocultos.
- Si nadie se entera, no habrá ningún problema… es sólo una fantasía como muchos hombres la tienen – se decía a si mismo como para aminorar la culpa.
Además, la tarde estaba comenzando y para la noche tenía otros tres videocasetes por disfrutar. Estaba a salvo, su familia regresaría hasta el lunes, tenía tiempo suficiente para disfrutar sus videos y guardarlos en aquella cómoda que tenía bajo llave en un rincón del despacho. Su colección ya estaba bastante grande para ese entonces. Siempre seguía una misma línea: chicas menores de edad, de preferencia rubias y de aspecto totalmente inocente. Le parecían de mal gusto las grabaciones con prostitutas… inocentes se disfrutaban más.
El cómo había comenzado a adquirir esos videos es una historia larga, no tenía muchos contactos, sólo un teléfono que le habían escrito en una tarjeta en una sex-shop oculta en un barrio bastante hostil en New York. Siempre que deseaba material nuevo llamaba con discreción a ese número y hacía sus “pedidos”. No conocía los procedimientos de aquel negocio, suponía que usaban a chicas de la calle o jóvenes prostitutas engañadas de otras ciudades. La verdad eso no le importaba. Esta noche tenía que hacer un nuevo pedido.
- ¿Sí?... deseo un nuevo video
- ¿No le agradaron los que le mandamos ayer? – respondió una voz grave del otro lado de la línea
- Si, no están mal, pero quiero más. Quiero… a una chica más joven que éstas que tenían mala facha
- ¿Aún más joven? Esas tenían 14 y 15 años... ¿quiere una niña, por ejemplo?
- Si, una niña. Blanca, rubia y entre más inocente es mejor…. ah y entre más dure es mejor…
- Comprenderá que joder a una niña más tiempo que a una mujer es más difícil, no aguantan mucho…
- No me interesa, eso quiero
- Saldrá más caro amigo…
- ¿Cuánto?
- El doble, quizás… pero le aseguro que tendrá lo mejor
- Hágalo y pronto, pagaré lo que sea… y ya sabe, quiero que dure más tiempo, mándeme su mejor trabajo. ¿OK?
- Delo por hecho
Nunca una conversación entre ellos había durado tanto, pero en esta ocasión lo ameritaba, Richard tenía ganas de lo mejor, éstos cuatro videos eran solo un entremés del banquete que pensaba darse.
Aquella noche no durmió, se pasó la noche pensando en lo que vendría en su siguiente entrega, lo esperaba con ansia. A veces se preguntaba el origen de esos placeres, muy probablemente se debieron a que de muy chico su padrastro abusó de él. Nunca pidió ayuda a nadie ni lo dijo a su madre, Allenton era una ciudad pequeña y sabía que el rumor de la gente y sus habladas malsanas lo rechazarían y señalarían toda su vida.
Así que prefirió ocultarlo y convertirlo, con el paso de los años en un gusto personal. Y así como de niño abusaron de él, ahora él disfrutaba que hicieran lo mismo con niñas. Se decía a sí mismo que sus perversiones se compensaban con el bien que hacía a sus semejantes en Allenton, él respondía a su familia, con sus obligaciones y cariño.
Richard se reconocía como un hombre bueno, un pequeño secreto no podía afectarlo ni mancharlo, por sucio o enfermo que fuera ese secreto.
Muy temprano unos timbrazos en su puerta lo alejaron de un intento de sueño que por fin tuvo el Dr. Richard…
- Doctor Herber, abra por favor…
Richard salió con cara de pocos amigos para darse cuenta de que su vecina tenía un celular en la mano…
- Doctor, siento despertarlo tan temprano pero su esposa me dijo que le urge hablar con usted
- Ah, gracias señora McKensie
El Doctor tomó el celular, lo que le dijo su esposa parecía como para una pesadilla que nunca quiso experimentar.
- ¡Richard! ¡Ven por favor! – la voz de Sarah se oía muy angustiada
- ¿Qué pasa cariño?¡Dime!
- ¡Es Linda!...¡desapareció!... salimos anoche a Central Park, me dijo que iría a comprar unos dulces… yo… la deje ir sola mientras platicaba con la abuela…
- ¿¿Y??¿¿Qué pasó con Linda??
- ¡No lo sé, solo la perdí de vista un segundo… y ya no estaba!... no la encuentro por ningún lado… ¡ven, por favor!... llamé a la policía, pero necesito que vengas pronto… te estuve llamando toda la noche pero no funcionaba tu teléfono…
Richard recordó que después de llamarle a aquel tipo había descolgado el teléfono, no quería que alguien lo interrumpiera mientras terminaba de disfrutar sus películas. Se culpó por hacer eso.
Velozmente arrancó en su camioneta con rumbo a New York. El Dr. estaba preocupado por su pequeña hija.
- No puede ser… Linda, hija… - se decía a cada instante mientras pisaba a fondo el acelerador. Era muy temprano aún y no había mucho tráfico en la carretera, por lo que Richard aumentó la velocidad.
- Dios mío… no dejes que le pase nada malo… no a mi Linda… perdóname, por favor por mis pecados… juro… juro que no vuelvo a hacer nada malo… pero que no le pase nada a mi niña… - dijo
Su desesperación era tal que no tuvo el cuidado necesario al dar vuelta en una peligrosa curva. Cuando se dio cuenta era demasiado tarde, un camión de carga estaba justo enfrente de él.
Silencio
Como si le hubiera caído un rayo, Richard despertó sudando en una cama de hospital.
- ¿Li... Linda…?... ¿Sarah?... ¿Dónde estoy?...
Su esposa, que se encontraba a su lado le tomó la mano.
- cariño… tuviste un accidente
- si… lo recuerdo… ¿y Linda?... ¿Dónde está mi hija?
Apenas y podía moverse, su cuerpo había sido gravemente afectado por el choque, la camioneta rodó a varios metros del impacto y Richard salió disparado del parabrisas con heridas serias. Aún estando en cama un dolor muy fuerte le recorría toda su espalda. Sarah, después de unos minutos de quedarse en silencio soltó una lágrima y un sollozo que retumbo en la mente de Richard.
- a Linda la encontró la policía hace dos días… muerta
- pero… pero…
Los dos se abrazaron y lloraron mucho. Richard no tenía palabras ni podía articular alguna siquiera, sólo lloraba… el dolor era insoportable, el físico era insignificante.
Al día siguiente se realizó el entierro de la pequeña en el cementerio de Allenton, familiares y muchos amigos asistieron a compartir la pena con Richard y Sarah. Richard, asistió en silla de ruedas, aún sabiendo que debía de haberse quedado en cama. Quería estar con su pequeña en esos últimos momentos para despedirla.
Los siguientes días fueron muy difíciles. Las piernas del Doctor estaban aún en proceso de sanar, pero debía de usar muletas por un buen tiempo, así como collarín. La vida ya no era la misma desde aquella tragedia, la pequeña Linda ya no corría por toda la casa jugando alegremente ni abrazaba a su padre en las noches antes de dormir.
Aquella mañana Richard se encontraba en casa, no podía ir a trabajar aún. Sarah no estaba, pero confiaba en que su marido ya estaba recuperándose.
De repente tocaron la puerta. Era el hombre que le entregaba sus paquetes.
Por todo lo que sucedió había olvidado su último pedido. Lo recibió con desgano. Cojeando se dirigió a su sillón y se puso la caja entre las piernas. Era más pequeña que la última, seguramente porque sólo era un video esta vez.
Se sentía confundido… culpable porque si hubiera acompañado a su familia a aquel viaje no hubiera pasado nada. A cambio de eso había perdido a su hija y todo por su maldita afición a la pornografía infantil. De repente vino a su memoria que el cuerpo de Linda había sido encontrado en un contenedor de basura de una calle desolada, desnuda y con marcas indescriptibles de violencia. La habían violado. Lo que quedó de su cuerpo fue rescatado y en enterrado aquel día en el cementerio. Un pensamiento lo estremeció.
Miró la caja y la abrió. Contenía un solo video y una nota
Espero que con esto usted esté satisfecho. Tal como lo pidió.
Sus manos temblaban mientras metía la cinta al aparato… un escalofrío recorrió todo su golpeado cuerpo.
El Doctor Richard sólo miraba, esta vez no lo disfrutó… no lo gozó… sus ojos estaban puestos en el video al mismo tiempo que su alma se perdía con cada segundo de grabación y su cerebro se hundía en un océano de dolor. Tal vez el Doctor no murió por el accidente, pero sí lo hacía lentamente en estos momentos.
Gracias a ese video pudo volver a ver a su pequeña, sus últimos momentos…










