El Perdón
La prisión estatal número 2 de San José en Costa Rica no se caracterizaba por sus modernas instalaciones. Enclavada en la zona más alejada de la ciudad era hogar de miles de presos de todos los tipos.
- Le repito padre, este sujeto es muy peligroso, su ejecución es en poco tiempo… su trabajo aquí es sólo de rutina –
- Sé cual es mi deber sargento. Estoy aquí para salvar su alma.
- Dudo mucho que ese tipo la tenga aún padre Manuel, pero en fin. Pase y no tarde mucho, aquí estaremos por si se ofrece algo.
Mientras terminaba la frase, el Sargento Correa abría la muy resguardada celda de aquella prisión.
- Hijo, estoy aquí… ¿podemos platicar un rato?
No acababa de hablar el sacerdote cuando escuchó el crujir de la puerta de acero cerrándose fuertemente a sus espaldas. La celda era muy pequeña, del lado derecho se encontraba un catre maltrecho con un par de sábanas sucias. Aquel lugar era muy frío y el eco se hacía presente a todo momento. Las paredes eran grises, y hasta arriba se encontraba una pequeña rendija que hacía las veces de ventila de unos 15 centímetros cuadrados. El padre Manuel sintió claustrofobia al saberse metido en aquel lugar y al mismo tiempo alivio al pensar que solo estaría unos minutos
La taza del WC estaba quebrada y demasiado sucia, no parecían condiciones idóneas donde algún ser humano pudiera habitar decorosamente. Pero precisamente su habitante se encontraba agazapado en uno de los rincones mirando hacia la nada. Su vista parecía perdida y sin esperanzas de regresar a su conciencia.
- Hola, soy el padre Manuel, me han mandado para escuchar tus ultimas palabras hijo. Quiero confesarte y escuchar tu arrepentimiento.
Pero los segundos parecían eternos ya que el preso ni siquiera dirigía la mirada a aquel visitante. El silencio llegaba a ser incómodo, aun a pesar de que era interrumpido por el constante toser del sentenciado. El clima era bárbaro, tanto que las bajas temperaturas, habían hecho mella en la salud de aquel hombre. Pero eso a nadie importaba, estaba condenado, morir de bronquitis o en la silla eléctrica a final de cuentas resultaba lo mismo.
El sacerdote sabía que no resultaría una tarde fácil y se sentó en el catre tranquilamente.
- Solo he venido a hacer mi trabajo hijo. Puedes confiar plenamente en mí y saber que solo estoy aquí para ayudarte.
- ¿Ayudarme a qué exactamente, padre? – dijo el tipo
- A salvar tu alma ante Dios
- ¿Su Dios, padre?
- No hijo, el nuestro… nuestro creador
- No pierda su tiempo padre, no deseo arrepentirme de nada – dijo de manera tajante aquel hombre.
El sacerdote recordó lo leído en el expediente de ese sujeto. Se llamaba Martín Rojas, trabajador de labranza nacido en un pequeño pueblo llamado San Agustín. Estaba condenado a muerte en la silla eléctrica por violar y asesinar a 8 niños menores de edad. Tenía 26 años.
- Mira Martín… lo que hiciste es muy grave y para las leyes de los hombres esta dictada la sentencia, pero aún puedes salvar tu alma. Mi misión es hacerte ver que debes arrepentirte para que descanse tu alma cuando tu cuerpo ceda. – insistió el padre
- No me interesa el arrepentimiento, lo que hice lo hice consciente…
- ¡Pero son atrocidades!
- Ya lo sé padre… y las disfruté
El sacerdote se quedó pasmado de tal afirmación tan cínica…
- No puedes hablar en serio… ¿Por qué hiciste eso a esos niños?
- Es simple padre… lo necesitaba… mi cuerpo me lo pedía. Es como la sangre a los vampiros… aquellos niños tenían un cuerpecito muy suave… ¿se lo imagina padre?...¿se imagina la sensación que da acariciar sus pequeños miembros?...
El padre Manuel no podía creer que un ser humano pudiera expresarse de esa manera tan ruin de fechorías de esa calaña. Lo miró con temor y repugnancia. Las arrugas que lo acompañaban a sus 60 años se fruncían y comenzó a perder la paciencia.
- En todo este tiempo que llevo de sacerdote no había conocido a alguien que disfrutara de esa manera tales cosas…
- Yo no le veo lo sorpresivo padre… siempre he dicho que más que depravación era una necesidad sexual
- Pero eso que hacías eran violaciones a menores de edad…
- Si, pero necesitaba hacerlo padre, no podía evitarlo
- ¡Eran inocentes!... ni siquiera podían defenderse
- Es la ley de la vida padre, siempre gana el mas fuerte… esos niños eran presa fácil
- Aún estas a tiempo… reconoce tus errores y quizás tu alma tenga descanso… si no lo haces te habrás condenado para siempre Martín…
- No me importa, condenado a muerte ya estoy… pero desde hace muchos años padre… desde que dejé de importarle a su Dios
El sacerdote no sabía que hacer en una situación así. Podía dejarlo morir pero se había prometido siempre hacer todo lo posible por salvar almas… lo había jurado ante la cruz hace años.
- ¿padre Manuel? – se escuchó afuera de la celda – le quedan 5 minutos más padre.
Se acercó al preso y le habló claro y directo
- ¿tienes idea del dolor que experimentaras en unas horas?... ¡te condenaron a morir en la silla eléctrica!... si te arrepientes aliviaras en gran medida tu interior… quizás podrías tener paz
Pero el hombre ni siquiera lo miraba…
- Era tan maravilloso padre… ¿sabe?... lo hice una y otra vez, recuerdo que a una de esas pequeñas se le acabaron las lágrimas. ¿sabe lo que eso significa?... eso significa vaciarse por los ojos. Tanto dolor y sufrimiento se traducen en lágrimas y cuando llegó el momento en que la chica ya no lloraba era porque estaba vacía… ¡igual que yo!
- ¡Cállate!... ¿Cómo podías disfrutar eso?
- Sus pequeñas ropitas quedaban siempre manchadas, pero a cambio de eso yo me saciaba. Y cuando lo volvía a necesitar buscaba a otra presa. Era tan sencillo engañarlos. Con un simple caramelo bastaba, la soledad del campo y bajo el refugio de la noche eran mis acompañantes e instrumentos de placer. Mis manos… mis manos tomaban trozo a trozo su inocencia, aquella que yo tanto saboreaba… hasta podía olerla padre. La inocencia de un niño es lo más dulce que existe…
- Te lo digo por última vez… pide perdón a Dios Todopoderoso de una vez.
El padre Manuel empezaba a sentirse muy incómodo… sus piernas empezaban a temblar de frío y del nerviosismo que corría por sus venas.
- Mi mayor logro fue aquel niño de 5 años, hijo de los dueños de la finca. ¡Jadeaba como un perro! Jajajaja…. Para mi desgracia no medí mi fuerza y le quebré el cuello antes de tiempo, pero aún así… tenía su cuerpo y lo usé hasta que el olor a muerte ya era insoportable. El arrebatarle de ese modo la inocencia a una criatura es hermoso… es único… puede parecer abominable para la sociedad que se da baños de pureza, pero en lo más recóndito de nuestra mente reconocemos que el satisfacer nuestros instintos mas bajos es lo que nos hace felices…
- ¡¡Cállate de una buena vez!!... ¡pide perdón!
Con un movimiento rápido Martín se incorporó del suelo y se sentó al lado del sacerdote, muy cerca de él, demasiado… casi queriendo susurrarle al oído…
- Esta bien padre, quiero confesarme con usted para recibir el perdón… escuche bien lo que voy a comentarle...usted bien sabe de lo que hablo… porque muy sabe lo que yo siento… ¿verdad padre Manuel?
El sacerdote sentía que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Temblaba a la par que empezaba a sudar frío.
- ¿Qué… di…dices?
- Yo soy inocente padre… acepto haber cometido todos esos crímenes, pero yo soy el menos culpable aquí. El violar niños es algo que disfrutaba muchísimo, es una depravación que hay que experimentar… es una necesidad. Yo vivía para satisfacer mis deseos sexuales y para robarles algo de su inocencia a esos chiquillos… para recuperarla
- ¿Recuperarla?... ¿a que te refieres?
- A mi me la robaron padre… alguien que al igual que yo, tenía sucios deseos en la cabeza…hace 19 años, un joven seminarista se acercó a mi ofreciéndome un juguete. A cambio de eso me llevó a un cuarto oscuro, en su habitación me hizo cosas… muchas cosas…
El padre Manuel no podía moverse… estaba temblando y escuchando todo aquello que le decía aquel sujeto en confesión.
- Aquel hombre malo se divirtió conmigo y abuso de mí en repetidas ocasiones… me quitó poco a poco mi inocencia… su error fue haberme dejado libre. Me amenazó que no dijera nada pues sino, por desobedecerle, me iba a ir al infierno pues Dios no quería a los niños mentirosos y me dio una cruz de madera para que siempre que la viera me acordara de guardar silencio… ¿sabe padre?... desde ese día deje de creer en su Dios y traté bajo cualquier medio de recuperar lo que tan vilmente me habían quitado…
El sacerdote no tenía palabra alguna que pudiera pronunciar… cerró los ojos y recordó todo con exactitud, cada palabra que decía Martín era un recuerdo que, como una daga, le atravesaba sin piedad el pecho.
- ¿ahora comprende porque no puedo pedirle perdón a usted o a su Dios padre?... usted fue el que me hizo así como ahora soy… sació su sed de sexo conmigo, yo lo único que hice fue repetir sus actos con otros niños
Repentinamente se escuchó el crujir de la vieja puerta.
- Se acabó su tiempo padre Manuel… ya es hora de que nos llevemos a esta basura – dijo con voz grave uno de los guardias.
Martín se acercó aún más al oído del sacerdote…
- Ahora dígame padre Manuel… ¿quién debe de arrepentirse ahora?... ¿Quién debe de pedirle perdón a quién?...
Los guardias se apresuraron a tomar al hombre y a llevárselo al lugar de su ejecución mientras el padre Manuel se quedaba sentado en aquella fría celda. Su mirada estaba fija a una de las paredes de la celda, en ella, estaba colgando una pequeña cruz de madera.
La misma que le había dado hace 19 años a un pequeño niño…
- Le repito padre, este sujeto es muy peligroso, su ejecución es en poco tiempo… su trabajo aquí es sólo de rutina –
- Sé cual es mi deber sargento. Estoy aquí para salvar su alma.
- Dudo mucho que ese tipo la tenga aún padre Manuel, pero en fin. Pase y no tarde mucho, aquí estaremos por si se ofrece algo.
Mientras terminaba la frase, el Sargento Correa abría la muy resguardada celda de aquella prisión.
- Hijo, estoy aquí… ¿podemos platicar un rato?
No acababa de hablar el sacerdote cuando escuchó el crujir de la puerta de acero cerrándose fuertemente a sus espaldas. La celda era muy pequeña, del lado derecho se encontraba un catre maltrecho con un par de sábanas sucias. Aquel lugar era muy frío y el eco se hacía presente a todo momento. Las paredes eran grises, y hasta arriba se encontraba una pequeña rendija que hacía las veces de ventila de unos 15 centímetros cuadrados. El padre Manuel sintió claustrofobia al saberse metido en aquel lugar y al mismo tiempo alivio al pensar que solo estaría unos minutos
La taza del WC estaba quebrada y demasiado sucia, no parecían condiciones idóneas donde algún ser humano pudiera habitar decorosamente. Pero precisamente su habitante se encontraba agazapado en uno de los rincones mirando hacia la nada. Su vista parecía perdida y sin esperanzas de regresar a su conciencia.
- Hola, soy el padre Manuel, me han mandado para escuchar tus ultimas palabras hijo. Quiero confesarte y escuchar tu arrepentimiento.
Pero los segundos parecían eternos ya que el preso ni siquiera dirigía la mirada a aquel visitante. El silencio llegaba a ser incómodo, aun a pesar de que era interrumpido por el constante toser del sentenciado. El clima era bárbaro, tanto que las bajas temperaturas, habían hecho mella en la salud de aquel hombre. Pero eso a nadie importaba, estaba condenado, morir de bronquitis o en la silla eléctrica a final de cuentas resultaba lo mismo.
El sacerdote sabía que no resultaría una tarde fácil y se sentó en el catre tranquilamente.
- Solo he venido a hacer mi trabajo hijo. Puedes confiar plenamente en mí y saber que solo estoy aquí para ayudarte.
- ¿Ayudarme a qué exactamente, padre? – dijo el tipo
- A salvar tu alma ante Dios
- ¿Su Dios, padre?
- No hijo, el nuestro… nuestro creador
- No pierda su tiempo padre, no deseo arrepentirme de nada – dijo de manera tajante aquel hombre.
El sacerdote recordó lo leído en el expediente de ese sujeto. Se llamaba Martín Rojas, trabajador de labranza nacido en un pequeño pueblo llamado San Agustín. Estaba condenado a muerte en la silla eléctrica por violar y asesinar a 8 niños menores de edad. Tenía 26 años.
- Mira Martín… lo que hiciste es muy grave y para las leyes de los hombres esta dictada la sentencia, pero aún puedes salvar tu alma. Mi misión es hacerte ver que debes arrepentirte para que descanse tu alma cuando tu cuerpo ceda. – insistió el padre
- No me interesa el arrepentimiento, lo que hice lo hice consciente…
- ¡Pero son atrocidades!
- Ya lo sé padre… y las disfruté
El sacerdote se quedó pasmado de tal afirmación tan cínica…
- No puedes hablar en serio… ¿Por qué hiciste eso a esos niños?
- Es simple padre… lo necesitaba… mi cuerpo me lo pedía. Es como la sangre a los vampiros… aquellos niños tenían un cuerpecito muy suave… ¿se lo imagina padre?...¿se imagina la sensación que da acariciar sus pequeños miembros?...
El padre Manuel no podía creer que un ser humano pudiera expresarse de esa manera tan ruin de fechorías de esa calaña. Lo miró con temor y repugnancia. Las arrugas que lo acompañaban a sus 60 años se fruncían y comenzó a perder la paciencia.
- En todo este tiempo que llevo de sacerdote no había conocido a alguien que disfrutara de esa manera tales cosas…
- Yo no le veo lo sorpresivo padre… siempre he dicho que más que depravación era una necesidad sexual
- Pero eso que hacías eran violaciones a menores de edad…
- Si, pero necesitaba hacerlo padre, no podía evitarlo
- ¡Eran inocentes!... ni siquiera podían defenderse
- Es la ley de la vida padre, siempre gana el mas fuerte… esos niños eran presa fácil
- Aún estas a tiempo… reconoce tus errores y quizás tu alma tenga descanso… si no lo haces te habrás condenado para siempre Martín…
- No me importa, condenado a muerte ya estoy… pero desde hace muchos años padre… desde que dejé de importarle a su Dios
El sacerdote no sabía que hacer en una situación así. Podía dejarlo morir pero se había prometido siempre hacer todo lo posible por salvar almas… lo había jurado ante la cruz hace años.
- ¿padre Manuel? – se escuchó afuera de la celda – le quedan 5 minutos más padre.
Se acercó al preso y le habló claro y directo
- ¿tienes idea del dolor que experimentaras en unas horas?... ¡te condenaron a morir en la silla eléctrica!... si te arrepientes aliviaras en gran medida tu interior… quizás podrías tener paz
Pero el hombre ni siquiera lo miraba…
- Era tan maravilloso padre… ¿sabe?... lo hice una y otra vez, recuerdo que a una de esas pequeñas se le acabaron las lágrimas. ¿sabe lo que eso significa?... eso significa vaciarse por los ojos. Tanto dolor y sufrimiento se traducen en lágrimas y cuando llegó el momento en que la chica ya no lloraba era porque estaba vacía… ¡igual que yo!
- ¡Cállate!... ¿Cómo podías disfrutar eso?
- Sus pequeñas ropitas quedaban siempre manchadas, pero a cambio de eso yo me saciaba. Y cuando lo volvía a necesitar buscaba a otra presa. Era tan sencillo engañarlos. Con un simple caramelo bastaba, la soledad del campo y bajo el refugio de la noche eran mis acompañantes e instrumentos de placer. Mis manos… mis manos tomaban trozo a trozo su inocencia, aquella que yo tanto saboreaba… hasta podía olerla padre. La inocencia de un niño es lo más dulce que existe…
- Te lo digo por última vez… pide perdón a Dios Todopoderoso de una vez.
El padre Manuel empezaba a sentirse muy incómodo… sus piernas empezaban a temblar de frío y del nerviosismo que corría por sus venas.
- Mi mayor logro fue aquel niño de 5 años, hijo de los dueños de la finca. ¡Jadeaba como un perro! Jajajaja…. Para mi desgracia no medí mi fuerza y le quebré el cuello antes de tiempo, pero aún así… tenía su cuerpo y lo usé hasta que el olor a muerte ya era insoportable. El arrebatarle de ese modo la inocencia a una criatura es hermoso… es único… puede parecer abominable para la sociedad que se da baños de pureza, pero en lo más recóndito de nuestra mente reconocemos que el satisfacer nuestros instintos mas bajos es lo que nos hace felices…
- ¡¡Cállate de una buena vez!!... ¡pide perdón!
Con un movimiento rápido Martín se incorporó del suelo y se sentó al lado del sacerdote, muy cerca de él, demasiado… casi queriendo susurrarle al oído…
- Esta bien padre, quiero confesarme con usted para recibir el perdón… escuche bien lo que voy a comentarle...usted bien sabe de lo que hablo… porque muy sabe lo que yo siento… ¿verdad padre Manuel?
El sacerdote sentía que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Temblaba a la par que empezaba a sudar frío.
- ¿Qué… di…dices?
- Yo soy inocente padre… acepto haber cometido todos esos crímenes, pero yo soy el menos culpable aquí. El violar niños es algo que disfrutaba muchísimo, es una depravación que hay que experimentar… es una necesidad. Yo vivía para satisfacer mis deseos sexuales y para robarles algo de su inocencia a esos chiquillos… para recuperarla
- ¿Recuperarla?... ¿a que te refieres?
- A mi me la robaron padre… alguien que al igual que yo, tenía sucios deseos en la cabeza…hace 19 años, un joven seminarista se acercó a mi ofreciéndome un juguete. A cambio de eso me llevó a un cuarto oscuro, en su habitación me hizo cosas… muchas cosas…
El padre Manuel no podía moverse… estaba temblando y escuchando todo aquello que le decía aquel sujeto en confesión.
- Aquel hombre malo se divirtió conmigo y abuso de mí en repetidas ocasiones… me quitó poco a poco mi inocencia… su error fue haberme dejado libre. Me amenazó que no dijera nada pues sino, por desobedecerle, me iba a ir al infierno pues Dios no quería a los niños mentirosos y me dio una cruz de madera para que siempre que la viera me acordara de guardar silencio… ¿sabe padre?... desde ese día deje de creer en su Dios y traté bajo cualquier medio de recuperar lo que tan vilmente me habían quitado…
El sacerdote no tenía palabra alguna que pudiera pronunciar… cerró los ojos y recordó todo con exactitud, cada palabra que decía Martín era un recuerdo que, como una daga, le atravesaba sin piedad el pecho.
- ¿ahora comprende porque no puedo pedirle perdón a usted o a su Dios padre?... usted fue el que me hizo así como ahora soy… sació su sed de sexo conmigo, yo lo único que hice fue repetir sus actos con otros niños
Repentinamente se escuchó el crujir de la vieja puerta.
- Se acabó su tiempo padre Manuel… ya es hora de que nos llevemos a esta basura – dijo con voz grave uno de los guardias.
Martín se acercó aún más al oído del sacerdote…
- Ahora dígame padre Manuel… ¿quién debe de arrepentirse ahora?... ¿Quién debe de pedirle perdón a quién?...
Los guardias se apresuraron a tomar al hombre y a llevárselo al lugar de su ejecución mientras el padre Manuel se quedaba sentado en aquella fría celda. Su mirada estaba fija a una de las paredes de la celda, en ella, estaba colgando una pequeña cruz de madera.
La misma que le había dado hace 19 años a un pequeño niño…










