Friday, November 26, 2004

Mi infierno

Mi vida siempre ha sido igual, nubes negras han estado sobre mi cabeza desde que tengo uso de memoria…

El arma es la única salida verdadera a este infierno que unos llaman vida. Para mí nunca lo ha sido, desde pequeño sufriendo los maltratos de mi padre. El gobierno lo obligaba a tenerme pues mi madre murió en labor de parto y nunca la conocí. Me recordaba una y otra vez la carga que yo representaba para él… de hecho nunca se preocupó por procurarme alimentación o educación.

Me crié en las calles, con chicos igual de desafortunados que yo. El viejo siempre se disculpaba pues mi abuelo nunca lo quiso, exactamente igual que en ese momento yo lo estaba viviendo con mi padre. A pesar de eso yo era un buen chico, trabajé desde muy pequeño haciendo malabares con una pelotita en las avenidas, cuidándome de los chavos banda mayores que yo, que generalmente eran los dueños de esas calles y que manejaban a todos los que pedíamos limosna. Entre ellos y mi padre mi vida era un constante sube y baja, me escondía en un viejo almacén siempre que mi padre, alcoholizado, llegaba a la casa a pegarme.

Estaba con él pues después de todo, era mi único lazo familiar… siempre soñé con poder romper con ese tipo de maldición familiar y formar una verdadera familia… una bella familia, como la que todo el mundo tenía… una buena esposa, un trabajo decente y decoroso, hijos que fueran mi orgullo…

Así transcurrió mi niñez y parte de mi adolescencia hasta que un día de tantos mi padre llegó mas enojado que de costumbre… no se que le pasaba pero estaba como fiera rabiosa gritando toda clase de injurias a todo el mundo… me golpeó y yo huí pues ya no aguantaba más eso… me fui a mi refugio y ahí me quedé un par de días…

Estuve pensando en lo que podría yo hacer para ayudarlo… a pesar de parecer loco, no quería perderlo… era mi padre después de todo y necesitaba ayuda… quería ayudarlo, quizás llevándolo a un hospital o centro de adicciones… mi bondad no me permitía olvidarlo así como así… sabía que si quería irme al cielo tenía que hacer cosas buenas.. eso lo escuchaba en las clases de catecismo de la iglesia cercana a dónde vivíamos.

Nunca hice mi primera comunión pues el sacerdote no me aceptó en las clases… decía que era un perdido y que ahí solo iban niños buenos… no entendió nunca que yo era uno de esos a pesar de mi aspecto y mi pobreza… quería irme al cielo… así que me metía sin que nadie se diera cuenta, me brincaba la pequeña acera y desde la copa de un árbol del jardín contiguo de la iglesia escuchaba muy atento todo lo que decían a los otros pequeños.

Y si yo podía salir adelante, sabía que también podía sacar adelante a mi padre… así que decidí regresar a mi casa y en el transcurso miles de ideas pasaban por mi cabeza, quizás en un tiempo pudiéramos llevarnos bien… le ayudaría a encontrar un trabajo y entre los dos sacaríamos adelante la casa…

Solo que no esperaba ver lo que ví esa tarde que llegué a buscarlo. Una bala le había atravesado el cráneo… desde la boca hasta la sien… aún estaba él sentado con la pistola en la mano derecha… todo lleno de sangre y yo sin palabras…

Parece que no tenía mucho tiempo de morir pues la policía llegó en esos momentos… una vecina había escuchado el ruido del arma y les había llamado… en vano fueron mis explicaciones tan escasas, debido a la fuerte impresión que tenía, pues no me creyeron y me llevaron a la tutelar de menores…

Me culpaban de tráfico de droga pues… mi padre acostumbraba comercializar cocaína en la zona y yo ni siquiera estaba enterado. Y como todos me señalaban como un vago, fue suficiente para sentenciarme como cómplice aún a mi corta edad.

Ahí pasé parte de mi juventud, por mi buena conducta al cumplir la mayoría de edad me dejaron en libertad. Tenía la firme convicción de enderezar mi camino, ahora estaba solo y debía forjar mi propio destino. Busqué algún trabajo que pudiera mantenerme con una vida decente, pero por mis antecedentes penales no pasaba de algún trabajito de cargador o cuidador de coches, en los cuales no duraba mucho pues generalmente me corrían. Preferían contratar personas con mejor aspecto que el mío.

Mi vida fue muy dura, traté de estudiar pero no podía hacerlo muy bien, sólo conseguí con muchos esfuerzos mi escolaridad básica, mientras trabajaba en el departamento de limpieza de un almacén. Ahí fue donde conocí a la que sería mi esposa. Ella era sirvienta y visitaba frecuentemente el almacén. Era hermosa, me enamoré perdidamente de ella. Sentía que mi vida mejoraba pues había encontrado el amor que siempre busqué.

Pero las cosas se volvían a complicar… en un arranque desenfrenado de pasión quedo ella embarazada… su patrona la corrió del trabajo y no me quedó de otra que responsabilizarme del fruto de nuestro amor. Traté de conseguir algo mejor pero nadie me aceptaba, así que con ese pequeño sueldo le pedí a mi amada que nos casáramos y que sacáramos adelante a la criatura. Ya tenía mi familia, la que siempre había querido, ella lavaba ajeno a los vecinos del precario barrio donde nos fuimos a vivir mientras yo me partía el lomo en el trabajo tratando de sacar lo más que pudiera.

Pero mi vida era un fracaso… me empezaba a deprimir a diario… encontré en la bebida una salida ante mi patética situación… mi esposa no era más optimista que yo, se quejaba toda la vida de los dolores del embarazo… tenía la presión del médico que me recomendaba cuidados y buena alimentación para ella... ¿cómo demonios me recetaba eso, si ni quiera teníamos para comer como humanos?.

Parecía flaquear cuando, en el momento menos esperado, llegó la hora del parto… hubo muchas complicaciones… me dijeron que el bebé estaba delicado y que mi esposa perdía muchísima sangre… el trabajo de los médicos duró varias horas mientras yo me desesperaba en la sala de espera.

- Lo siento de verdad… hicimos lo que estaba a nuestro alcance… su esposa no fue lo suficientemente fuerte para soportar el parto… -

No pude decir nada… quizás ya me estaba acostumbrando al sufrimiento…

Los años han pasado, aún recuerdo a mi linda esposa, con la que tantas veces hice promesas de amor hasta que la muerte nos separara y con la que había hecho tantos planes de vida…

Nada bueno me había sucedido desde que yo nací… mi hijo solo era un maldito eslabón más de mi desgracia. Cada vez que lo veía recordaba a mi amada mujer que dio la vida por él… ¿ y para qué?, ¿para venir a sufrir como yo lo he hecho a este mundo?... toda mi raza ha sido igual, estamos malditos, como todos los que viven aquí, una horda de seres malvados, egoístas e inhumanos… buscando satisfacer sus propios placeres aún a costa de los demás…

¿Y sigues preguntando que porqué voy a hacer esto?...

- No papá… por favor… juro que te amo…p…por favor… no me mates –

La vida es un infierno hijo… yo solo quiero que te vayas al cielo…

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Friday, November 12, 2004

Alice

Alice siempre fue una niña muy callada. Huérfana desde los 3 años toda su vida había transcurrido en ese lugar. Los demás niños no la aceptaban a pesar de los intentos de las monjas por que la pequeña se integrara a sus compañeros y ellos mismos la tomaran en cuenta y la quisieran.

Por alguna extraña razón ningún niño le hablaba y siempre que se acercaba a donde ellos jugaban la evitaban. Ni siquiera era presa de las burlas naturales de los niños de esa edad, era algo peor: le temían.

Una mañana de otoño los Grant, Michael y Lucy, que acababan de mudarse por aquellas latitudes arribaban al orfanato en busca de un pequeño que por razones naturales no podrían tener nunca.

- ¿y dice que de sus padres biológicos no se sabe nada? –
- Así es señor Grant, el departamento de policía del condado la encontró una mañana en su casa llorando y en el cuarto siguiente su madre yacía muerta. Los reportes dicen que murió de un paro cardiaco aunque, se supone que nunca padeció del corazón. Se presume que el padre las abandonó cuando la pequeña acababa de nacer. – respondió la madre superiora.
- Me imagino que ese es un trauma muy grande para ella –
- Lo ha sido, sin duda. Pero nosotras le hemos dado la mejor de las atenciones y su comportamiento es impecable. –
- Es muy hermosa – comentó Lucy.
- Tiene una belleza muy especial… siempre hemos creído que con la debida atención y sobre todo cariño, puede superar todos sus problemas de adaptación. –
- No dude que nosotros le daremos todo el cariño posible, nos morimos por tener una hija y creo que ella es la pequeña adecuada. – dijo Michael.

La monja se levantó de su asiento y se dirigió al pasillo, llamó a una madre y regresó acto seguido con la pequeña Alice.

- Mira hija, ellos serán tus nuevos padres –

Los Grant no podían ocultar su felicidad… y la niña tampoco, una tierna sonrisa le iluminó el rostro.

Habían adquirido una confortable casa en los límites de la ciudad. Era una zona de un nivel medio-alto que contaba con todos los servicios. Parecía que era el lugar idóneo para que la niña pudiera superar sus diferencias sociales sin problemas. Los vecinos se veían amigables desde el principio y el ambiento era en general cálido y amable.

A los pocos días de haberse establecido como una nueva familia los Grant y su pequeña hija adoptiva gozaban de una vida tranquila. A pesar de eso, el tiempo pasaba y la niña aún no mostraba grandes avances con respecto al acercamiento con sus nuevos padres. Jenny, una jovencita de escasos 22 años fue mandada por el gobierno para asesorar a los nuevos padres con la adaptación de la niña. Era una trabajadora social por las mañanas y en las tardes asistía al Colegio pues estudiaba psicología.
La rama de la psicología infantil le fascinaba, era buena con los niños y su paciencia era su mayor virtud.

- Hola Linda… me llamo Jenny y estoy aquí para ser tu nueva amiga. Podremos platicar de lo que desees y siempre estaré lista para escucharte todas las veces que quieras – le dijo en su primer día a la niña.
- Discúlpela señorita… es muy calladita aún. –

Alice subió a su habitación a seguir jugando con sus muñecas mientras Lucy y Jenny platicaban en la sala.

- Espero que sus terapias le ayuden Mss Stock… Michael y yo esperamos con ansia que Alice pueda disfrutar con nosotros como padres e hija. –
- No se preocupe señora, comprenderá que es cuestión de tiempo… ésta podría decirse que es su primera familia de verdad. Y no me dispongo a hacer terapias, sólo vine a ayudar a la niña a adaptarse. A que confié en mi y ser su amiga. Eso le ayudará, ya lo verá – dijo Jenny muy segura.

Los días pasaban y Alice parecía no cambiar mucho, hablaba sólo lo necesario con sus padres y no terminaba por adaptarse a su nueva vida.

Una noche Jenny recibió una llamada urgente…

- ¿Qué pasa señora Grant? –
- Es Alice… no ha podido dormir bien… esta temblando… pero pareciera como si lo hiciera por miedo… venga rápido, por favor , dice que quiere hablar con usted – respondió Lucy Grant.

La chica llegó a la casa y al entrar encontró a los Grant desesperados, temerosos de que algo estuviera mal con la niña…

Subió corriendo a la habitación y la encontró sentada en el piso, en una esquina y abrazando a una muñeca que tenía desde el orfanato y que nunca quiso dejar.

- ¿Qué pasa Alice?... tus papis dicen que no has podido dormir… -
- No quiero que apaguen la luz señorita, si lo hacen algo malo pasará – dijo temerosa la pequeña.

Jenny la abrazó

- No te asustes linda… si quieres puedo quedarme aquí contigo toda la noche ¿quieres?... dormiremos juntas… -
- ¿Se quedará acompañándome señorita? –
- Claro, no te preocupes, verás que mañana estarás muy bien. –

La sentía muy rara, temblaba de miedo y sus ojos parpadeaban más rápido de lo normal… sus manitas temblaban mientras sus padres, preocupados se encontraban en la entrada de su habitación.

- Creemos que quizás Alice necesite ver a un doctor señorita Stock, no es normal esto… la dejamos dormida en su cuarto como siempre y de repente se escucharon ruidos muy extraños. Como se pudo dar cuenta había cosas tiradas en el sueño y las cortinas como rasgadas por algo. Nunca gritó ni lloró. Simplemente se sentó en el piso. – le comentó Michael.
- Mire, me quedaré con ella toda la noche acompañándola, parece que me tiene un poco más de confianza a mí. Quizás mañana con mas calme me cuente lo que paso en su cuarto –

A la mañana siguiente Alice y Jenny salían al jardín a platicar como a diario lo hacían.

- Cuéntame Alice… ¿Por qué tiraste todos tus juguetes anoche? –
- No fui yo señorita –
- Pero Alice, tu fuiste la única que estaba en ese cuarto… las ventanas estaban cerradas, no pudo haber sido el aire –
- Se lo juro señorita, no ví quien lo hizo. –
- Bueno, olvidémoslo. Verás que solo fue una mala noche, no volverá a repetirse. Oye, quiero preguntarte algo… ¿hay algo que no te guste de tus padres? –
- No son mis padres señorita –
- Bueno, ahora ya lo son, son tu nueva familia… ellos te quieren mucho, deberías de tratar de acercarte más a ellos… me han dicho que se preocupan por ti –
- Yo también me preocupo por ellos –
- ¿A que te refieres?... –

Alice corrió hacia su casa mientras que la chica se quedó pensando en la última frase que le había dicho.

Intrigada por sus palabras Jenny visitó el orfanato donde había estado la pequeña por 5 años. A petición suya la madre superiora contó su extraño comportamiento.

- Ella es una chica buena señorita, le aseguro que lo es… -
- No dudo de eso madre, es solo que… necesito adentrarme más en su caso. A pesar de no haber terminado mi carrera, me interesa sobremanera su caso. ¿Hay algo que no me haya dicho aún de ella? –
- Pues… sólo recuerdo que le gustaba dormir con las luces prendidas, le tenía mucho miedo a la oscuridad. Normal en un niño ¿no?-
- Pero parece que en ella es una obsesión… ah, por cierto, muy linda la muñeca que le regalaron a Alice, madre. –
- Nosotras no se lo regalamos señorita, la policía la trajo de su casa. Dicen que estaba en su cuna. Nosotras nos rehusamos a que la tuviera pues es un recuerdo malo que pudiera tener de sus padres… pero la niña no se despegaba de ella. –

A la mañana siguiente Jenny fue más puntual que de costumbre en la casa de los Grant.

- ¿Cómo sigue Alice?, ¿dejaron las luces prendidas de su habitación como se los recomendé? – preguntó la chica al llegar.
- Asi es, parece que pudo dormir bien, no sucedió nada malo, gracias a Dios. – respondió Lucy.
- ¿Puedo platicar con ella? –

Ya en su habitación Jenny cuestionaba a la niña acerca de su muñeca

- ¿no me quieres decir porqué quieres tanto a tu muñeca Alice? –
- ya se lo dije, ella me cuida –
- bueno, todos lo hacemos… sabes que no tienes de que temer, tienes a los Grant o a mí, que soy tu amiga…-
- solo mi muñeca puede cuidarme de la noche señorita –
- mira linda, el miedo a la oscuridad es algo muy común en los niños… pero debes de superar tus miedos, no es posible que siempre duermas con las luces prendidas… -
- no debo dormir sin luz, siempre debo estar en la luz –

Fue todo lo que hablaron, a Jenny le costaba cada vez más el que Alice le confiara sus cosas… tenia una aprensión emocional hacia esa muñeca. Analizando su caso ya en casa, Jenny llegaba a la conclusión de que la muñeca era el único vínculo que Alice tenía de su verdadera familia. Le gustaba vivir con los Grant, pero nunca parecía dispuesta a quererlos como padres… los llamaba “señor y señora Grant”…

Eran cerca de las 11 de la noche. Jenny seguía repasando sus apuntes de la escuela. Aunque en la mente seguía teniendo el caso de la pequeña Alice Grant. Estaba convencida que asegurar que la niña necesitaba un psicólogo era una exageración… sus miedos eran 100% justificables… una niña que desde pequeña quedó huérfana, su madre muere de una manera extraña y le deja como recuerdo una muñeca. Es lógico que la quiera tener siempre cerca… por lo que investigó de los archivos policiales de esos años, la mujer pareció haber muerto la noche del gran apagón del 99 que afectó a toda esta zona. Lo más probables es que Alice relacione la oscuridad con la muerte. Y crea que la muñeca la salvó de algo malo.

Ahora tiene 8 años… no suenan tan descabellados sus problemas de adaptación y su soledad interna… sólo que no quedaba claro aún el porqué tiró todas sus cosas y rasgó las cortinas esa noche.

De repente… la luz se fue… Jenny reaccionó pues al asomarse por su ventana notó que en ningún lugar había, ocurría otro apagón… recordó que la casa de los Grant estaba sólo a unas cuadras de ahí.

¿Cómo reaccionará la pequeña ahora?... se preguntaba…

En ese momento, sonó su teléfono…

- ¿si?.. ¿hola?... ¿hola? –

No recibió una respuesta, en su identificador vio que eran los Grant…

Sin pensarlo demasiado tomó su chamarra y salió corriendo hacia la casa… no sabía exactamente que podía haber pasado, pero estaba segura que no era nada bueno. Quizás la señora Grant le llamaba para que controlara de nuevo el miedo de Alice…

Cuando llegó se percató de lo siniestro que puede ser cualquier lugar sin luz… la casa se veía tétrica… la puerta estaba abierta… las llaves pegadas aún…
- ¿Hola?... ¿Señores Grant?... soy Jenny… -

Un silencio absoluto reinaba en toda la casa… como si estuviera deshabitada… ni siquiera una ráfaga de aire se sentía… en la planta baja no había nadie… la chica decidió subir las escaleras sigilosamente. Comenzó a sentir miedo. Rezaba porque alguien hiciera algún ruido… cualquier señal de vida…

- ¿hay alguien aquí?... –

Fue en ese momento en que sus sentidos se agudizaron… escuchó que sus pies pisaban sobre algo en las escaleras… apenas y podía ver… la luna que se asomaba por el ventanal de su derecha era la única fuente de luz… siguió subiendo y escuchando que caminaba entre charcos. Se detuvo… con mano temblorosa toco aquel líquido… y lo que parecía agua a la luz de la luna pudo distinguirlo como líquido vital.

Era sangre… las escaleras bañadas en ella… parecía correr desde arriba. Ya no había duda… algo malo había ahí… y su mente racional no daba crédito a lo que sus ojos vieron al subir al segundo piso: tropezó con un bulto… era el cuerpo mutilado de Michael Grant. Tenía mútiples heridas en el cuerpo… apenas y era distinguible a esa débil luz, pero sin duda era él…

Se llevó la mano a la boca para no gritar… lágrimas empezaron a rodar sobre sus jóvenes mejillas… dudó en entrar a la habitación de Alice, temía que encontraría el mismo cuadro… pero con gran valor caminó hacia ella.

Al entrar pudo ver a Alice sentada en el piso, abrazando a su muñeca… en la única y débil luz que se filtraba desde su ventana… con su mano izquierda Jenny quitó las cortinas para iluminar el cuarto. Lo hizo y fue testigo de una escena espantosa. La señora Grant yacía muerta. Apuñalada infinidad de veces… su rostro reflejaba un terror inmenso… toda la habitación llena de sangre. Hasta el camisón de la pequeña que se encontraba temblando en la esquina del cuarto. En el tocador se encontraba el teléfono descolgado, aún con la mano de Lucy pegada a él. Le había cortado la mano segundos después de llamar…

Al día siguiente, la policía llegó a levantar los cuerpos. Se supo que Jenny quedó afectada gravemente. La llevaron de emergencia a un hospital y posteriormente se decidió atenderla en una casa de salud mental. Estaba bajo supervisión constante… odiaba dormir con la luz apagada.

Semanas después de aquellos extraños sucesos Jenny Stock recibió en la casa de salud del Estado una visita muy especial.

- Señorita Stock… ¿señorita?... salga, tiene una visita – dijo la enfermera de guardia al abrir la puerta de su habitación.

Jenny muy pausadamente volteó, se encontraba sentada mirando por la ventana la libertad de la que una fue partícipe. Pudo distinguir una pequeña figura. Era Alice, que cargaba su pequeña muñeca de juguete.

-¿Cómo está señorita? – dijo dulcemente la niña.

- Recuperándome poco a poco linda… ¿como te sientes en tu nueva casa? ¿con tus nuevos padres? –

Alice se acercó y le susurró al oído…

- Tengo miedo señorita –

Extrañada Jenny le pregunto de igual y discreta manera…

- ¿Qué es lo que te da miedo linda?... –

- que eso también me obligue a matarlos –

Acto seguido la niña dio media vuelta y se alejó mientras la enfermera la tomaba de la mano. Segundos antes de cerrar la puerta Jenny se percató de algo macabro: la sombra de la niña estaba deforme… y tenía un cuchillo en la mano…

Al cerrar la puerta ni un sonido más se volvió a escuchar en esa habitación. Jenny estaba temblando y tirada en el suelo sin poder decir absolutamente nada.

El monstruo vive en la ausencia de la luz, nada lo detiene y vivirá con Alice para siempre…

Es su lado malo, su lado oscuro.

Es su sombra.
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Monday, November 01, 2004

La Tumba sin nombre

Aquel cementerio era enorme. Para recorrerlo hacían falta varios días. Infinidad de tumbas, cientos y cientos de almas que reposan ahí. La tranquilidad del descanso eterno puede olerse a kilómetros.

Y ahí se encontraba Jonathan Mills, científico entregado fielmente a lo que le apasionaba: su profesión. Caminaba por los pasillos descuidados y miraba las tumbas olvidadas de aquella área del panteón. Meditando… a paso lento… pasaban muchas ideas por su mente. En ese instante vio que se acercaba una figura a lo lejos.

Era un viejo con aspecto extraño. Llevaba una pala, lo cual obviamente indicaba que era el enterrador de ese cementerio. Caminaba con dificultad pues cojeaba de la pierna izquierda, aún así tenía un porte envidiable. Raro, para ser más exactos. Una peculiar manera de vestir, muy conservadora… muy anticuada. Su complexión era sumamente delgada y de piel blanca.

Se acercó directamente a Jonathan. Parecían las nubes de lluvia acercarse rápidamente a la zona. Se formaban enormes masas que prometían tormenta.

- ¿puedo ayudarlo caballero? – dijo con áspera voz
- ¿sabe?, estoy haciendo una investigación de fondo… quiero saber todo acerca de la muerte. ¿Usted que puede comentarme al respecto? – le cuestionó a aquel hombre.
- Nadie puede saberlo con exactitud caballero. Esas son cosas que no están al alcance de la comprensión común humana – le contestó con cierta arrogancia.
- No hay nada que la ciencia no pueda explicar. Estamos en pleno siglo XXI, le aseguro que muy pronto sabremos la verdad acerca de la muerte. Yo estoy plenamente convencido de que hay vida después de la muerte. –
- ¿y como pretende demostrarlo señor? – preguntó el misterioso hombre con cierta curiosidad. –
- Matándome- le dijo

En ese momento una extraña y leve sonrisa se dibujo en el rostro duro de aquel viejo enterrador. Comenzó a llover.

- ¿y cómo pretende regresar de su muerte señor? –

Jonathan, con cierto aire de presunción le dijo:

- soy químico, un hombre de ciencia… estoy trabajando en una fórmula capaz de regresarme a la vida después de 24 horas después de que mis signos vitales desaparezcan –
- ¿y ya encontró esa fórmula? – le cuestionó el enterrador.
- No, hay algo que aún me falta… sé que estoy muy cerca pero mis intentos con ratas en el laboratorio al fracasado. Si a caso vuelven para después morir en minutos definitivamente. Quiero probarlo en mi, ser el primero en experimentarlo… el primero y único en saber ese enigma.

La lluvia comenzaba a alcanzar niveles de tormenta y los dos, a invitación del enterrador se dirigieron hacia la humilde habitación de este último, la cual se hallaba en el lado norte del panteón.

Al calor de una pequeña fogata los dos seguían enfrascados en tal plática.

- Siento decirle que la muerte es un viaje sin retorno caballero. Es el final de algo natural que es el nacer. Usted no puede ir contra las leyes naturales. –
- Le voy a demostrar lo contrario mi amable extraño… daría lo que fuera por saber qué es lo que sigue a la vida y regresar a contarlo. ¿se imagina el avance en el conocimiento del hombre? ¡Sería un antes y un después en la ciencia!, y todo gracias a mi. –

Viendo la insistencia por parte de el hombre, el enterrador le sugirió algo macabro.

- Quizás yo pueda ayudarlo en sus planes señor –
- ¿Qué tiene en mente?- preguntó Jonathan intrigado.
- Hace mucho tiempo conocí a un hombre con ideas parecidas a la de usted. También tenía la firme idea de hacerlo y logró encontrar un ingrediente ideal para esa fórmula. –
- ¿de verdad?... y ¿logró llevar a cabos sus planes?... –
- No, hubo algo que falló al final y aquel hombre ya no volvió a este mundo a contar lo que había conocido. Pero el elemento que quizás a usted le hace falta yo lo conozca. –
- Démelo… necesito saberlo –
- Le aseguro caballero que es muy peligroso lo que usted intentará probar. Podría correr la misma suerte que aquel desdichado. Tenga en cuenta que puede terminar su exitosa carrera de químico. Puede usted nunca despertar. – le advirtió el enterrador.
- No me interesa… yo seré exitoso en el proyecto… y sabré todo. – respondió muy seguro Jonathan.

En ese momento el viejo se levantó de su asiento y se dirigió a una especie de sótano que había en esa humilde y descuidada casa. Intrigado, Jonathan, se quedó sentado esperando a su regreso. Impaciente vio que al regreso, el viejo cargaba una extraña sustancia en un frasco. Parecía un órgano en formol.

- Se dice que el corazón de un recién nacido es la llave caballero –

A pesar de lo repugnante que pudiera parecer eso, a Jonathan no le importaba. Sus ojos se llenaron de ambición de conocimiento y una sonrisa se plasmó en su rostro pues sabía que por fin podía llegar a realizar su más anhelado sueño. Algo tenía ese viejo enterrador que le daba confianza a usar esa cosa.

La tormenta afuera parecía implacable… los estruendosos rayos parecía presagiar una desgracia. Adentro de la humilde casa parecía haber más calor que en el mismísimo infierno.

- ¿Cuánto quiere por esto? – le preguntó Jonathan al mismo tiempo que sacaba con ansiedad su billetera forrada de dinero.
- Créame que su dinero no me interesa… me satisface más su curiosidad extremosa. –
- Como quiera, pero como signo de gratitud aquí le dejo dinero suficiente para que cambie esta pocilga por un mejor lugar para vivir. Debo irme e inmediatamente probar con esto mi fórmula. –
- Suerte en su búsqueda caballero… - dijo el viejo mientras le indicaba el camino a la salida.

Corriendo rumbo a su auto el químico llevó muy bien resguardado a lo que parecía un tesoro de invaluable valor. Ni siquiera se preguntaba cómo es que había conseguido aquel viejo ese corazón. No le interesaba. Sólo quería llegar lo antes posible a su laboratorio.

Al llegar mezcló con nerviosismo sus pruebas con pequeños trozos del órgano infantil aquel… para estar seguro usó una pequeña dosis en la última rata que aún le quedaba con vida. Le inyectó la sustancia y en cuestión de minutos cayó con tremendos espasmos y convulsiones. Murió. La encerró de nuevo en su jaula y se dirigió a su dormitorio. Tendría que esperar 24 horas mínimo para saber si de verdad funcionaba.

Al día siguiente llegó el químico corriendo a aquel enorme panteón.
Por fin pudo ver a lo lejos al enterrador. Tenía una pala en la mano y tierra fresca a sus pies.

- ¡Funcionó!... mire… - le dijo emocionado al viejo al mismo tiempo que sacaba de la bolsa derecha de su saco a la rata.
- Lo felicito señor. ¿y ahora que piensa hacer? –
- Necesito de su ayuda buen hombre… quiero que sea mi cómplice en mi experimento. Pienso tomarme la dosis y quiero que usted me entierre y esté al pendiente justo 24 horas después para venir por mí. –
- Supuse que eso iba a pedirme –

El químico volteó y supuso el motivo de sus palabras… estaba una tumba recién cavada a sus pies…

- Mire… ¿de quien es esa tumba? –
- No tiene dueño caballero, aún… -
- Ah, perfecto… entonces podremos usarla ¿no?... de todos modos solo es para unas horas… ¿entonces?, ¿acepta? –
- Acepto señor –
- Trato hecho, no debe decir esto que vamos a hacer absolutamente a nadie. ¿entendió?... Hoy mismo al regresar me tomaré la dosis y regresaré con usted para que me prepare todo. Esto sólo debe quedar entre usted y yo. –
- Entiendo señor… aquí lo estaré esperando –

Jonathan regresó a toda prisa para terminar la fórmula que tomaría y a dejar la rata que seguía en perfectas condiciones de salud. Después de dos horas para que estuviera lista se la inyectó en el brazo.

Se dirigió al cementerio pues el viejo ya debería tener todo listo. Prefirió manejarlo todo en secreto pues sus familiares podrían no estar de acuerdo, así como sus colegas. Además toda la fama y fortuna serían sólo para él. Pero sobre todo el conocimiento. Eso sólo sería suyo.

Cuando bajo del auto comenzó a sentirse mal. Parecía que la fórmula estaba actuando ya en su organismo. Como pudo, sudando llegó a la casucha del viejo. Pero él no se encontraba… parecía todo muy extraño… como deshabitado… como si nadie viviera ahí desde hacía muchos años… los viejos muebles llenos de polvo…

Jonathan no podía dar crédito a lo que veía… parecía como si nada de lo que visitó un día antes hubiera existido… ¿Dónde estaba el viejo aquel?...

Comenzó a sentir escalofríos espantosos… sudaba a mares y un dolor muy fuerte le comenzó en el pecho. Le quedaba poco tiempo de vida, pero lo peor era que la única persona que sabía todo… parecía nunca haber existido… el miedo se hizo presente en su alma como nunca antes…

Se preguntaba lo que había pasado… ¿en donde se había metido el viejo?... ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo hubiera desaparecido tan drásticamente?... mientras esas interrogantes merodeaban por su mente, aún conciente, volteó y lo que vio lo dejó sin habla… en donde apenas unos días había tomado una taza de café… en donde estaba aquella chimenea.. ahora no había nada… era una simple pared despintada… olvidada… años tenía ese lugar sin ser visitado… y menos vivido.

Cayó de rodillas… vencido por tal dolor en el pecho… pero sobre todo sin saber que demonios había pasado… cuando cayó al suelo alcanzó a ver a un tipo correr hacía él…

- ¿Qué le pasa?, ¡¿se siente mal señor?!, iré por un médico… - le dijo a Jonathan.
- Por fa…vor… sólo digame una… cosa… ¿¿dónde está el viejo enterrador de aquí??.. – le alcanzó a decir mientras le tomaba la mano al tipo para que no lo dejara.
- ¿A quién se refiere señor?... yo soy el enterrador de este panteón… mis habitaciones se encuentran allá en el lado oeste. Rara vez paso por esta zona. Sólo vengo a limpiar de vez en cuando las tumbas. – le dijo.

Eso fue lo último que escuchó Jonathan.

Después de eso oscuridad pura. Fría.

Como un trueno la vida volvió a su cuerpo… no sabía a ciencia cierta cuanto tiempo había pasado desde su muerte. Lo único seguro es que él había regresado. La dosis era correcta.

- ¡Si!...¡Sii!... ¡¡¡¡lo logré!!!!!... –

La emoción era increíble en él… se sentía orgulloso… no notaba el hecho de que estaba encerrado. Enterrado.

Se encontraba en un viejo y carcomido ataúd de madera. Comenzó a tener en cuenta que estaba atrapado y que su hazaña no valdría de nada si no lograba salir de ahí rápido.

Se supone que el viejo debería de regresar a sacarlo… debería de ayudarlo… ese fue el trato… pero nunca supo qué era lo que le había sucedido. Desesperadamente rasgaba y golpeaba la vieja madera… le quedaban pocos segundos y lo sabía… se golpeaba las muñecas y las sangraba al mismo tiempo que gritaba.

- ¡¡¡Alguien ayúdeme!!!... ¡¡¡sáquenme de aquí!!!... ¡¡estoy vivo!! –

Pero parecía que nadie vendría en su ayuda… por fin pudo empezar a romper de un lado la caja… ayudaba mucho lo viejo de la madera… sus manos ya sangraban pero en su ansiedad ni siquiera se daba cuenta. Empezaba a sentir que le faltaba el aire en sus pulmones que volvía a trabajar… ya lo único que deseaba era salir de ese maldito agujero.

Por fin, después de minutos de tensión mortal logro sentir lo fría de la tierra mojada… parecía que afuera estaba lloviendo y que no habían terminado de enterrarlo bien, parecía que después de todo el viejo sí lo había ayudado pues sólo había una capa de tierra fresca de algunos centímetros…

Rascaba y rascaba con la única mano que podía hacerlo, debido a la incomodidad de la caja… Hasta que por fin parecía que llegaba al final de esa pesadilla… ya sentía los límites de la tierra…

Con sus últimas reservas de fuerza que le quedaban logró hacer un pequeño agujero en la tierra… en eso se asomó por aquel pequeño pedazo de luz, al exterior y logró ver al viejo enterrador debajo de aquella tormenta.

-¿¿eh??... que hace con esa pala…¡¡¡ayúdeme a salir de aquí!!! – le gritó con su último aliento mientras asombrado veía como el viejo se disponía a terminar de enterrarlo.

Todavía logró ver que en la otra mano cargaba una lámina con una leyenda escrita: “Jonathan Mills, 1967 – 2004. Siempre quiso saberlo todo.”

-Que tenga un eterno descanso señor…-



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