El Regalo del abuelo
Lucía nunca creyó en los supuestos poderes de la Ouija, ese juego antiquísimo según el cual sirve como medio para comunicarse con los muertos. Ellos, se supone, guían las manos de la persona que lo juegue para así comunicarse.
Debido a su escepticismo nunca asistía a las reuniones donde sus amigos de la universidad lo jugaban. Pensaba que era sólo una tonta manera de perder el tiempo, pues los estudiantes nunca podrían creer en eso, eran demasiado superficiales y materiales como para creer en espíritus y demás cosas paranormales. Sólo que, la curiosidad, los alentaba a jugar con eso.
Rocío, su mejor amiga y compañera de clase, era la más entusiasta en que Lucía se incorporara a una de esas noches de juego. Además conocía la existencia de algo muy particular: una vieja ouija de madera que el abuelo de Lucía tenía secretamente resguardada en un gran ropero de su habitación. El señor había ya fallecido y nunca había hablado acerca de su juguete a sus familiares. La propia Lucía, mientras limpiaba el cuarto del anciano recién fallecido, lo había hallado en una caja llena de polvo y debajo de libros viejos.
- anda Lucía… es una reliquia excelente… seguro con ella si logramos contactar algún fantasma – le decía constantemente Rocío.
Pero no había dado su brazo a torcer… no hasta aquella noche.
Por fin Lucía aceptó a usar la ouija con sus amigos, con la condición de que fuera la primera y única vez que lo hiciera. Aprovechó que sus padres habían salido de viaje pues ellos le habían dicho claramente que nunca tocara las cosas de su abuelo. Accedió a jugarlo sólo para que cesaran sus constantes invitaciones y reproches de que no quisiera estar con ellos.
Llegaron a la hora pactada, las once de la noche. Era Rocío, con su novio y un amigo de la universidad llamado Mario.
- perfecto Lucía, verás que hoy será el gran día y te convencerás que esto sí funciona, te lo aseguro –
Colocaron la ouija en la mesa de centro de la sala y los jóvenes se sentaron a su alrededor. La primera en jugar fue Roció pero no lograba ningún resultado, no lograba captar ninguna presencia a pesar de invocar a los espíritus que podrían estar ahí presentes, le tocó el turno a los otros dos jóvenes con los mismos resultados. Insistieron en que era el turno de Lucía, y a pesar de no querer hacerlo, algo en ese instante le decía que lo intentara… que sólo una vez y nunca más lo haría de nuevo.
En el preciso momento en que Lucía tomó el señalador con sus dedos un aire helado entró por las ventanas. Las cortinas parecían haberse vuelto locas… pero extrañamente Lucía no sentía temor… una gran curiosidad se apoderó de ella. Quería saber más, experimentar más…
Los demás muchachos estaban intrigados por el repentino interés de su amiga y por las cosas poco comunes que parecían haberse desatado cuando sus dedos apenas habían tocado la madera. De repente Lucía comenzó a sentirse mal, muy mareada…
¡¡¡¡¡ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!
El grito desgarrador se escuchó en toda la casa, parecía atacada por seres invisibles mientras mantenía las temblorosas manos en la ouija. Los chicos, espantados, reaccionaron y le despegaron las manos de esa cosa. Parecía tenerlas clavadas pues apenas entre los tres lo lograron mientras Lucía parecía a punto de estallar en esa inmensa agonía mental. Hasta que por fin se desmayó.
Mario la llevó en brazos a la cama mientras ellos trataban de reponerse de la impresión
La pesadilla que Lucía tuvo esa noche fue espantosa, se encontraba huyendo de algo o de alguien… no sabía a ciencia cierta de qué, lo único que sabía era que algo malo estaba tras ella…
La perseguía como si nunca se cansara, ella lloraba de la desesperación y la angustia… pedía a gritos ayuda, pero las altas horas de la noche eran las culpables de que las calles estuvieran tan solitarias. O por lo menos eso suponía. Cuando entró a una gran avenida iluminada pudo voltear y distinguir a sus perseguidores: sus amigos. Parecían poseídos, jadeaban y gritaban obscenidades. Tenían los ojos en blanco y la perseguían sin descanso.
Eran más rápidos que ella, hasta que por fin la atraparon en un callejón sin salida…
- ¡no, suéltenme! - , les gritaba desesperada mientras ellos la apresaban y la manoseaban, le rasgaron las ropas y sentía un millar de manos tocarle con insana audacia. La tiraron al suelo entre los tres y mientras forcejeaban la lamían y besaban. Parecía que querían poseerla cual viles demonios.
En eso Lucía vio una botella rota en el asfalto, cerca de la basura del callejón… como pudo logró zafarse y alcanzarla con una mano…
- ¡¡¡mueran, tomen esto malditos!!! – gritó con llanto en los ojos mientras los apuñalaba una y otra vez…
Eso hizo con saña sin igual… hasta que los tres cayeron muertos… despedazados…
Fue en ese momento que despertó sudando en su cama… lo único que deseaba fervientemente era darse un baño y descansar plácidamente en su casa. Eran ya muchas emociones para una noche… aún no podía entender exactamente qué era lo que había pasado y se atormentaba su mente tratando de encontrar las respuestas a tantas interrogantes que parecían sin sentido. Seguramente sus amigos se ya estaban satisfechos por aquellos sucesos raros… esperaba que ya no siguieran molestando con usar esa maldita cosa una vez más.
Cuando despertó no recordaba gran cosa de lo sucedido… sólo le dolía un poco la cabeza, pero sintió alivio al saberse segura en casa… empezaba a amanecer ya. Fue a la cocina a tomarse un vaso con agua y se sentó unos minutos en la silla del comedor.
De repente algo malo sintió a sus espaldas… giró la cabeza…
Se quedó sin habla.
Horrorizada, la chica, le levantó de su asiento… sus ojos reflejaban miedo… el más grande que había sentido…
La ouija estaba en la mesa de centro. Y sus amigos tirados en el suelo destazados… había charcos de sangre por toda la habitación… así como en la blusa y el pantalón de Lucía.
Debido a su escepticismo nunca asistía a las reuniones donde sus amigos de la universidad lo jugaban. Pensaba que era sólo una tonta manera de perder el tiempo, pues los estudiantes nunca podrían creer en eso, eran demasiado superficiales y materiales como para creer en espíritus y demás cosas paranormales. Sólo que, la curiosidad, los alentaba a jugar con eso.
Rocío, su mejor amiga y compañera de clase, era la más entusiasta en que Lucía se incorporara a una de esas noches de juego. Además conocía la existencia de algo muy particular: una vieja ouija de madera que el abuelo de Lucía tenía secretamente resguardada en un gran ropero de su habitación. El señor había ya fallecido y nunca había hablado acerca de su juguete a sus familiares. La propia Lucía, mientras limpiaba el cuarto del anciano recién fallecido, lo había hallado en una caja llena de polvo y debajo de libros viejos.
- anda Lucía… es una reliquia excelente… seguro con ella si logramos contactar algún fantasma – le decía constantemente Rocío.
Pero no había dado su brazo a torcer… no hasta aquella noche.
Por fin Lucía aceptó a usar la ouija con sus amigos, con la condición de que fuera la primera y única vez que lo hiciera. Aprovechó que sus padres habían salido de viaje pues ellos le habían dicho claramente que nunca tocara las cosas de su abuelo. Accedió a jugarlo sólo para que cesaran sus constantes invitaciones y reproches de que no quisiera estar con ellos.
Llegaron a la hora pactada, las once de la noche. Era Rocío, con su novio y un amigo de la universidad llamado Mario.
- perfecto Lucía, verás que hoy será el gran día y te convencerás que esto sí funciona, te lo aseguro –
Colocaron la ouija en la mesa de centro de la sala y los jóvenes se sentaron a su alrededor. La primera en jugar fue Roció pero no lograba ningún resultado, no lograba captar ninguna presencia a pesar de invocar a los espíritus que podrían estar ahí presentes, le tocó el turno a los otros dos jóvenes con los mismos resultados. Insistieron en que era el turno de Lucía, y a pesar de no querer hacerlo, algo en ese instante le decía que lo intentara… que sólo una vez y nunca más lo haría de nuevo.
En el preciso momento en que Lucía tomó el señalador con sus dedos un aire helado entró por las ventanas. Las cortinas parecían haberse vuelto locas… pero extrañamente Lucía no sentía temor… una gran curiosidad se apoderó de ella. Quería saber más, experimentar más…
Los demás muchachos estaban intrigados por el repentino interés de su amiga y por las cosas poco comunes que parecían haberse desatado cuando sus dedos apenas habían tocado la madera. De repente Lucía comenzó a sentirse mal, muy mareada…
¡¡¡¡¡ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!
El grito desgarrador se escuchó en toda la casa, parecía atacada por seres invisibles mientras mantenía las temblorosas manos en la ouija. Los chicos, espantados, reaccionaron y le despegaron las manos de esa cosa. Parecía tenerlas clavadas pues apenas entre los tres lo lograron mientras Lucía parecía a punto de estallar en esa inmensa agonía mental. Hasta que por fin se desmayó.
Mario la llevó en brazos a la cama mientras ellos trataban de reponerse de la impresión
La pesadilla que Lucía tuvo esa noche fue espantosa, se encontraba huyendo de algo o de alguien… no sabía a ciencia cierta de qué, lo único que sabía era que algo malo estaba tras ella…
La perseguía como si nunca se cansara, ella lloraba de la desesperación y la angustia… pedía a gritos ayuda, pero las altas horas de la noche eran las culpables de que las calles estuvieran tan solitarias. O por lo menos eso suponía. Cuando entró a una gran avenida iluminada pudo voltear y distinguir a sus perseguidores: sus amigos. Parecían poseídos, jadeaban y gritaban obscenidades. Tenían los ojos en blanco y la perseguían sin descanso.
Eran más rápidos que ella, hasta que por fin la atraparon en un callejón sin salida…
- ¡no, suéltenme! - , les gritaba desesperada mientras ellos la apresaban y la manoseaban, le rasgaron las ropas y sentía un millar de manos tocarle con insana audacia. La tiraron al suelo entre los tres y mientras forcejeaban la lamían y besaban. Parecía que querían poseerla cual viles demonios.
En eso Lucía vio una botella rota en el asfalto, cerca de la basura del callejón… como pudo logró zafarse y alcanzarla con una mano…
- ¡¡¡mueran, tomen esto malditos!!! – gritó con llanto en los ojos mientras los apuñalaba una y otra vez…
Eso hizo con saña sin igual… hasta que los tres cayeron muertos… despedazados…
Fue en ese momento que despertó sudando en su cama… lo único que deseaba fervientemente era darse un baño y descansar plácidamente en su casa. Eran ya muchas emociones para una noche… aún no podía entender exactamente qué era lo que había pasado y se atormentaba su mente tratando de encontrar las respuestas a tantas interrogantes que parecían sin sentido. Seguramente sus amigos se ya estaban satisfechos por aquellos sucesos raros… esperaba que ya no siguieran molestando con usar esa maldita cosa una vez más.
Cuando despertó no recordaba gran cosa de lo sucedido… sólo le dolía un poco la cabeza, pero sintió alivio al saberse segura en casa… empezaba a amanecer ya. Fue a la cocina a tomarse un vaso con agua y se sentó unos minutos en la silla del comedor.
De repente algo malo sintió a sus espaldas… giró la cabeza…
Se quedó sin habla.
Horrorizada, la chica, le levantó de su asiento… sus ojos reflejaban miedo… el más grande que había sentido…
La ouija estaba en la mesa de centro. Y sus amigos tirados en el suelo destazados… había charcos de sangre por toda la habitación… así como en la blusa y el pantalón de Lucía.










