La Tumba sin nombre
Aquel cementerio era enorme. Para recorrerlo hacían falta varios días. Infinidad de tumbas, cientos y cientos de almas que reposan ahí. La tranquilidad del descanso eterno puede olerse a kilómetros.
Y ahí se encontraba Jonathan Mills, científico entregado fielmente a lo que le apasionaba: su profesión. Caminaba por los pasillos descuidados y miraba las tumbas olvidadas de aquella área del panteón. Meditando… a paso lento… pasaban muchas ideas por su mente. En ese instante vio que se acercaba una figura a lo lejos.
Era un viejo con aspecto extraño. Llevaba una pala, lo cual obviamente indicaba que era el enterrador de ese cementerio. Caminaba con dificultad pues cojeaba de la pierna izquierda, aún así tenía un porte envidiable. Raro, para ser más exactos. Una peculiar manera de vestir, muy conservadora… muy anticuada. Su complexión era sumamente delgada y de piel blanca.
Se acercó directamente a Jonathan. Parecían las nubes de lluvia acercarse rápidamente a la zona. Se formaban enormes masas que prometían tormenta.
- ¿puedo ayudarlo caballero? – dijo con áspera voz
- ¿sabe?, estoy haciendo una investigación de fondo… quiero saber todo acerca de la muerte. ¿Usted que puede comentarme al respecto? – le cuestionó a aquel hombre.
- Nadie puede saberlo con exactitud caballero. Esas son cosas que no están al alcance de la comprensión común humana – le contestó con cierta arrogancia.
- No hay nada que la ciencia no pueda explicar. Estamos en pleno siglo XXI, le aseguro que muy pronto sabremos la verdad acerca de la muerte. Yo estoy plenamente convencido de que hay vida después de la muerte. –
- ¿y como pretende demostrarlo señor? – preguntó el misterioso hombre con cierta curiosidad. –
- Matándome- le dijo
En ese momento una extraña y leve sonrisa se dibujo en el rostro duro de aquel viejo enterrador. Comenzó a llover.
- ¿y cómo pretende regresar de su muerte señor? –
Jonathan, con cierto aire de presunción le dijo:
- soy químico, un hombre de ciencia… estoy trabajando en una fórmula capaz de regresarme a la vida después de 24 horas después de que mis signos vitales desaparezcan –
- ¿y ya encontró esa fórmula? – le cuestionó el enterrador.
- No, hay algo que aún me falta… sé que estoy muy cerca pero mis intentos con ratas en el laboratorio al fracasado. Si a caso vuelven para después morir en minutos definitivamente. Quiero probarlo en mi, ser el primero en experimentarlo… el primero y único en saber ese enigma.
La lluvia comenzaba a alcanzar niveles de tormenta y los dos, a invitación del enterrador se dirigieron hacia la humilde habitación de este último, la cual se hallaba en el lado norte del panteón.
Al calor de una pequeña fogata los dos seguían enfrascados en tal plática.
- Siento decirle que la muerte es un viaje sin retorno caballero. Es el final de algo natural que es el nacer. Usted no puede ir contra las leyes naturales. –
- Le voy a demostrar lo contrario mi amable extraño… daría lo que fuera por saber qué es lo que sigue a la vida y regresar a contarlo. ¿se imagina el avance en el conocimiento del hombre? ¡Sería un antes y un después en la ciencia!, y todo gracias a mi. –
Viendo la insistencia por parte de el hombre, el enterrador le sugirió algo macabro.
- Quizás yo pueda ayudarlo en sus planes señor –
- ¿Qué tiene en mente?- preguntó Jonathan intrigado.
- Hace mucho tiempo conocí a un hombre con ideas parecidas a la de usted. También tenía la firme idea de hacerlo y logró encontrar un ingrediente ideal para esa fórmula. –
- ¿de verdad?... y ¿logró llevar a cabos sus planes?... –
- No, hubo algo que falló al final y aquel hombre ya no volvió a este mundo a contar lo que había conocido. Pero el elemento que quizás a usted le hace falta yo lo conozca. –
- Démelo… necesito saberlo –
- Le aseguro caballero que es muy peligroso lo que usted intentará probar. Podría correr la misma suerte que aquel desdichado. Tenga en cuenta que puede terminar su exitosa carrera de químico. Puede usted nunca despertar. – le advirtió el enterrador.
- No me interesa… yo seré exitoso en el proyecto… y sabré todo. – respondió muy seguro Jonathan.
En ese momento el viejo se levantó de su asiento y se dirigió a una especie de sótano que había en esa humilde y descuidada casa. Intrigado, Jonathan, se quedó sentado esperando a su regreso. Impaciente vio que al regreso, el viejo cargaba una extraña sustancia en un frasco. Parecía un órgano en formol.
- Se dice que el corazón de un recién nacido es la llave caballero –
A pesar de lo repugnante que pudiera parecer eso, a Jonathan no le importaba. Sus ojos se llenaron de ambición de conocimiento y una sonrisa se plasmó en su rostro pues sabía que por fin podía llegar a realizar su más anhelado sueño. Algo tenía ese viejo enterrador que le daba confianza a usar esa cosa.
La tormenta afuera parecía implacable… los estruendosos rayos parecía presagiar una desgracia. Adentro de la humilde casa parecía haber más calor que en el mismísimo infierno.
- ¿Cuánto quiere por esto? – le preguntó Jonathan al mismo tiempo que sacaba con ansiedad su billetera forrada de dinero.
- Créame que su dinero no me interesa… me satisface más su curiosidad extremosa. –
- Como quiera, pero como signo de gratitud aquí le dejo dinero suficiente para que cambie esta pocilga por un mejor lugar para vivir. Debo irme e inmediatamente probar con esto mi fórmula. –
- Suerte en su búsqueda caballero… - dijo el viejo mientras le indicaba el camino a la salida.
Corriendo rumbo a su auto el químico llevó muy bien resguardado a lo que parecía un tesoro de invaluable valor. Ni siquiera se preguntaba cómo es que había conseguido aquel viejo ese corazón. No le interesaba. Sólo quería llegar lo antes posible a su laboratorio.
Al llegar mezcló con nerviosismo sus pruebas con pequeños trozos del órgano infantil aquel… para estar seguro usó una pequeña dosis en la última rata que aún le quedaba con vida. Le inyectó la sustancia y en cuestión de minutos cayó con tremendos espasmos y convulsiones. Murió. La encerró de nuevo en su jaula y se dirigió a su dormitorio. Tendría que esperar 24 horas mínimo para saber si de verdad funcionaba.
Al día siguiente llegó el químico corriendo a aquel enorme panteón.
Por fin pudo ver a lo lejos al enterrador. Tenía una pala en la mano y tierra fresca a sus pies.
- ¡Funcionó!... mire… - le dijo emocionado al viejo al mismo tiempo que sacaba de la bolsa derecha de su saco a la rata.
- Lo felicito señor. ¿y ahora que piensa hacer? –
- Necesito de su ayuda buen hombre… quiero que sea mi cómplice en mi experimento. Pienso tomarme la dosis y quiero que usted me entierre y esté al pendiente justo 24 horas después para venir por mí. –
- Supuse que eso iba a pedirme –
El químico volteó y supuso el motivo de sus palabras… estaba una tumba recién cavada a sus pies…
- Mire… ¿de quien es esa tumba? –
- No tiene dueño caballero, aún… -
- Ah, perfecto… entonces podremos usarla ¿no?... de todos modos solo es para unas horas… ¿entonces?, ¿acepta? –
- Acepto señor –
- Trato hecho, no debe decir esto que vamos a hacer absolutamente a nadie. ¿entendió?... Hoy mismo al regresar me tomaré la dosis y regresaré con usted para que me prepare todo. Esto sólo debe quedar entre usted y yo. –
- Entiendo señor… aquí lo estaré esperando –
Jonathan regresó a toda prisa para terminar la fórmula que tomaría y a dejar la rata que seguía en perfectas condiciones de salud. Después de dos horas para que estuviera lista se la inyectó en el brazo.
Se dirigió al cementerio pues el viejo ya debería tener todo listo. Prefirió manejarlo todo en secreto pues sus familiares podrían no estar de acuerdo, así como sus colegas. Además toda la fama y fortuna serían sólo para él. Pero sobre todo el conocimiento. Eso sólo sería suyo.
Cuando bajo del auto comenzó a sentirse mal. Parecía que la fórmula estaba actuando ya en su organismo. Como pudo, sudando llegó a la casucha del viejo. Pero él no se encontraba… parecía todo muy extraño… como deshabitado… como si nadie viviera ahí desde hacía muchos años… los viejos muebles llenos de polvo…
Jonathan no podía dar crédito a lo que veía… parecía como si nada de lo que visitó un día antes hubiera existido… ¿Dónde estaba el viejo aquel?...
Comenzó a sentir escalofríos espantosos… sudaba a mares y un dolor muy fuerte le comenzó en el pecho. Le quedaba poco tiempo de vida, pero lo peor era que la única persona que sabía todo… parecía nunca haber existido… el miedo se hizo presente en su alma como nunca antes…
Se preguntaba lo que había pasado… ¿en donde se había metido el viejo?... ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo hubiera desaparecido tan drásticamente?... mientras esas interrogantes merodeaban por su mente, aún conciente, volteó y lo que vio lo dejó sin habla… en donde apenas unos días había tomado una taza de café… en donde estaba aquella chimenea.. ahora no había nada… era una simple pared despintada… olvidada… años tenía ese lugar sin ser visitado… y menos vivido.
Cayó de rodillas… vencido por tal dolor en el pecho… pero sobre todo sin saber que demonios había pasado… cuando cayó al suelo alcanzó a ver a un tipo correr hacía él…
- ¿Qué le pasa?, ¡¿se siente mal señor?!, iré por un médico… - le dijo a Jonathan.
- Por fa…vor… sólo digame una… cosa… ¿¿dónde está el viejo enterrador de aquí??.. – le alcanzó a decir mientras le tomaba la mano al tipo para que no lo dejara.
- ¿A quién se refiere señor?... yo soy el enterrador de este panteón… mis habitaciones se encuentran allá en el lado oeste. Rara vez paso por esta zona. Sólo vengo a limpiar de vez en cuando las tumbas. – le dijo.
Eso fue lo último que escuchó Jonathan.
Después de eso oscuridad pura. Fría.
Como un trueno la vida volvió a su cuerpo… no sabía a ciencia cierta cuanto tiempo había pasado desde su muerte. Lo único seguro es que él había regresado. La dosis era correcta.
- ¡Si!...¡Sii!... ¡¡¡¡lo logré!!!!!... –
La emoción era increíble en él… se sentía orgulloso… no notaba el hecho de que estaba encerrado. Enterrado.
Se encontraba en un viejo y carcomido ataúd de madera. Comenzó a tener en cuenta que estaba atrapado y que su hazaña no valdría de nada si no lograba salir de ahí rápido.
Se supone que el viejo debería de regresar a sacarlo… debería de ayudarlo… ese fue el trato… pero nunca supo qué era lo que le había sucedido. Desesperadamente rasgaba y golpeaba la vieja madera… le quedaban pocos segundos y lo sabía… se golpeaba las muñecas y las sangraba al mismo tiempo que gritaba.
- ¡¡¡Alguien ayúdeme!!!... ¡¡¡sáquenme de aquí!!!... ¡¡estoy vivo!! –
Pero parecía que nadie vendría en su ayuda… por fin pudo empezar a romper de un lado la caja… ayudaba mucho lo viejo de la madera… sus manos ya sangraban pero en su ansiedad ni siquiera se daba cuenta. Empezaba a sentir que le faltaba el aire en sus pulmones que volvía a trabajar… ya lo único que deseaba era salir de ese maldito agujero.
Por fin, después de minutos de tensión mortal logro sentir lo fría de la tierra mojada… parecía que afuera estaba lloviendo y que no habían terminado de enterrarlo bien, parecía que después de todo el viejo sí lo había ayudado pues sólo había una capa de tierra fresca de algunos centímetros…
Rascaba y rascaba con la única mano que podía hacerlo, debido a la incomodidad de la caja… Hasta que por fin parecía que llegaba al final de esa pesadilla… ya sentía los límites de la tierra…
Con sus últimas reservas de fuerza que le quedaban logró hacer un pequeño agujero en la tierra… en eso se asomó por aquel pequeño pedazo de luz, al exterior y logró ver al viejo enterrador debajo de aquella tormenta.
-¿¿eh??... que hace con esa pala…¡¡¡ayúdeme a salir de aquí!!! – le gritó con su último aliento mientras asombrado veía como el viejo se disponía a terminar de enterrarlo.
Todavía logró ver que en la otra mano cargaba una lámina con una leyenda escrita: “Jonathan Mills, 1967 – 2004. Siempre quiso saberlo todo.”
-Que tenga un eterno descanso señor…-
Y ahí se encontraba Jonathan Mills, científico entregado fielmente a lo que le apasionaba: su profesión. Caminaba por los pasillos descuidados y miraba las tumbas olvidadas de aquella área del panteón. Meditando… a paso lento… pasaban muchas ideas por su mente. En ese instante vio que se acercaba una figura a lo lejos.
Era un viejo con aspecto extraño. Llevaba una pala, lo cual obviamente indicaba que era el enterrador de ese cementerio. Caminaba con dificultad pues cojeaba de la pierna izquierda, aún así tenía un porte envidiable. Raro, para ser más exactos. Una peculiar manera de vestir, muy conservadora… muy anticuada. Su complexión era sumamente delgada y de piel blanca.
Se acercó directamente a Jonathan. Parecían las nubes de lluvia acercarse rápidamente a la zona. Se formaban enormes masas que prometían tormenta.
- ¿puedo ayudarlo caballero? – dijo con áspera voz
- ¿sabe?, estoy haciendo una investigación de fondo… quiero saber todo acerca de la muerte. ¿Usted que puede comentarme al respecto? – le cuestionó a aquel hombre.
- Nadie puede saberlo con exactitud caballero. Esas son cosas que no están al alcance de la comprensión común humana – le contestó con cierta arrogancia.
- No hay nada que la ciencia no pueda explicar. Estamos en pleno siglo XXI, le aseguro que muy pronto sabremos la verdad acerca de la muerte. Yo estoy plenamente convencido de que hay vida después de la muerte. –
- ¿y como pretende demostrarlo señor? – preguntó el misterioso hombre con cierta curiosidad. –
- Matándome- le dijo
En ese momento una extraña y leve sonrisa se dibujo en el rostro duro de aquel viejo enterrador. Comenzó a llover.
- ¿y cómo pretende regresar de su muerte señor? –
Jonathan, con cierto aire de presunción le dijo:
- soy químico, un hombre de ciencia… estoy trabajando en una fórmula capaz de regresarme a la vida después de 24 horas después de que mis signos vitales desaparezcan –
- ¿y ya encontró esa fórmula? – le cuestionó el enterrador.
- No, hay algo que aún me falta… sé que estoy muy cerca pero mis intentos con ratas en el laboratorio al fracasado. Si a caso vuelven para después morir en minutos definitivamente. Quiero probarlo en mi, ser el primero en experimentarlo… el primero y único en saber ese enigma.
La lluvia comenzaba a alcanzar niveles de tormenta y los dos, a invitación del enterrador se dirigieron hacia la humilde habitación de este último, la cual se hallaba en el lado norte del panteón.
Al calor de una pequeña fogata los dos seguían enfrascados en tal plática.
- Siento decirle que la muerte es un viaje sin retorno caballero. Es el final de algo natural que es el nacer. Usted no puede ir contra las leyes naturales. –
- Le voy a demostrar lo contrario mi amable extraño… daría lo que fuera por saber qué es lo que sigue a la vida y regresar a contarlo. ¿se imagina el avance en el conocimiento del hombre? ¡Sería un antes y un después en la ciencia!, y todo gracias a mi. –
Viendo la insistencia por parte de el hombre, el enterrador le sugirió algo macabro.
- Quizás yo pueda ayudarlo en sus planes señor –
- ¿Qué tiene en mente?- preguntó Jonathan intrigado.
- Hace mucho tiempo conocí a un hombre con ideas parecidas a la de usted. También tenía la firme idea de hacerlo y logró encontrar un ingrediente ideal para esa fórmula. –
- ¿de verdad?... y ¿logró llevar a cabos sus planes?... –
- No, hubo algo que falló al final y aquel hombre ya no volvió a este mundo a contar lo que había conocido. Pero el elemento que quizás a usted le hace falta yo lo conozca. –
- Démelo… necesito saberlo –
- Le aseguro caballero que es muy peligroso lo que usted intentará probar. Podría correr la misma suerte que aquel desdichado. Tenga en cuenta que puede terminar su exitosa carrera de químico. Puede usted nunca despertar. – le advirtió el enterrador.
- No me interesa… yo seré exitoso en el proyecto… y sabré todo. – respondió muy seguro Jonathan.
En ese momento el viejo se levantó de su asiento y se dirigió a una especie de sótano que había en esa humilde y descuidada casa. Intrigado, Jonathan, se quedó sentado esperando a su regreso. Impaciente vio que al regreso, el viejo cargaba una extraña sustancia en un frasco. Parecía un órgano en formol.
- Se dice que el corazón de un recién nacido es la llave caballero –
A pesar de lo repugnante que pudiera parecer eso, a Jonathan no le importaba. Sus ojos se llenaron de ambición de conocimiento y una sonrisa se plasmó en su rostro pues sabía que por fin podía llegar a realizar su más anhelado sueño. Algo tenía ese viejo enterrador que le daba confianza a usar esa cosa.
La tormenta afuera parecía implacable… los estruendosos rayos parecía presagiar una desgracia. Adentro de la humilde casa parecía haber más calor que en el mismísimo infierno.
- ¿Cuánto quiere por esto? – le preguntó Jonathan al mismo tiempo que sacaba con ansiedad su billetera forrada de dinero.
- Créame que su dinero no me interesa… me satisface más su curiosidad extremosa. –
- Como quiera, pero como signo de gratitud aquí le dejo dinero suficiente para que cambie esta pocilga por un mejor lugar para vivir. Debo irme e inmediatamente probar con esto mi fórmula. –
- Suerte en su búsqueda caballero… - dijo el viejo mientras le indicaba el camino a la salida.
Corriendo rumbo a su auto el químico llevó muy bien resguardado a lo que parecía un tesoro de invaluable valor. Ni siquiera se preguntaba cómo es que había conseguido aquel viejo ese corazón. No le interesaba. Sólo quería llegar lo antes posible a su laboratorio.
Al llegar mezcló con nerviosismo sus pruebas con pequeños trozos del órgano infantil aquel… para estar seguro usó una pequeña dosis en la última rata que aún le quedaba con vida. Le inyectó la sustancia y en cuestión de minutos cayó con tremendos espasmos y convulsiones. Murió. La encerró de nuevo en su jaula y se dirigió a su dormitorio. Tendría que esperar 24 horas mínimo para saber si de verdad funcionaba.
Al día siguiente llegó el químico corriendo a aquel enorme panteón.
Por fin pudo ver a lo lejos al enterrador. Tenía una pala en la mano y tierra fresca a sus pies.
- ¡Funcionó!... mire… - le dijo emocionado al viejo al mismo tiempo que sacaba de la bolsa derecha de su saco a la rata.
- Lo felicito señor. ¿y ahora que piensa hacer? –
- Necesito de su ayuda buen hombre… quiero que sea mi cómplice en mi experimento. Pienso tomarme la dosis y quiero que usted me entierre y esté al pendiente justo 24 horas después para venir por mí. –
- Supuse que eso iba a pedirme –
El químico volteó y supuso el motivo de sus palabras… estaba una tumba recién cavada a sus pies…
- Mire… ¿de quien es esa tumba? –
- No tiene dueño caballero, aún… -
- Ah, perfecto… entonces podremos usarla ¿no?... de todos modos solo es para unas horas… ¿entonces?, ¿acepta? –
- Acepto señor –
- Trato hecho, no debe decir esto que vamos a hacer absolutamente a nadie. ¿entendió?... Hoy mismo al regresar me tomaré la dosis y regresaré con usted para que me prepare todo. Esto sólo debe quedar entre usted y yo. –
- Entiendo señor… aquí lo estaré esperando –
Jonathan regresó a toda prisa para terminar la fórmula que tomaría y a dejar la rata que seguía en perfectas condiciones de salud. Después de dos horas para que estuviera lista se la inyectó en el brazo.
Se dirigió al cementerio pues el viejo ya debería tener todo listo. Prefirió manejarlo todo en secreto pues sus familiares podrían no estar de acuerdo, así como sus colegas. Además toda la fama y fortuna serían sólo para él. Pero sobre todo el conocimiento. Eso sólo sería suyo.
Cuando bajo del auto comenzó a sentirse mal. Parecía que la fórmula estaba actuando ya en su organismo. Como pudo, sudando llegó a la casucha del viejo. Pero él no se encontraba… parecía todo muy extraño… como deshabitado… como si nadie viviera ahí desde hacía muchos años… los viejos muebles llenos de polvo…
Jonathan no podía dar crédito a lo que veía… parecía como si nada de lo que visitó un día antes hubiera existido… ¿Dónde estaba el viejo aquel?...
Comenzó a sentir escalofríos espantosos… sudaba a mares y un dolor muy fuerte le comenzó en el pecho. Le quedaba poco tiempo de vida, pero lo peor era que la única persona que sabía todo… parecía nunca haber existido… el miedo se hizo presente en su alma como nunca antes…
Se preguntaba lo que había pasado… ¿en donde se había metido el viejo?... ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo hubiera desaparecido tan drásticamente?... mientras esas interrogantes merodeaban por su mente, aún conciente, volteó y lo que vio lo dejó sin habla… en donde apenas unos días había tomado una taza de café… en donde estaba aquella chimenea.. ahora no había nada… era una simple pared despintada… olvidada… años tenía ese lugar sin ser visitado… y menos vivido.
Cayó de rodillas… vencido por tal dolor en el pecho… pero sobre todo sin saber que demonios había pasado… cuando cayó al suelo alcanzó a ver a un tipo correr hacía él…
- ¿Qué le pasa?, ¡¿se siente mal señor?!, iré por un médico… - le dijo a Jonathan.
- Por fa…vor… sólo digame una… cosa… ¿¿dónde está el viejo enterrador de aquí??.. – le alcanzó a decir mientras le tomaba la mano al tipo para que no lo dejara.
- ¿A quién se refiere señor?... yo soy el enterrador de este panteón… mis habitaciones se encuentran allá en el lado oeste. Rara vez paso por esta zona. Sólo vengo a limpiar de vez en cuando las tumbas. – le dijo.
Eso fue lo último que escuchó Jonathan.
Después de eso oscuridad pura. Fría.
Como un trueno la vida volvió a su cuerpo… no sabía a ciencia cierta cuanto tiempo había pasado desde su muerte. Lo único seguro es que él había regresado. La dosis era correcta.
- ¡Si!...¡Sii!... ¡¡¡¡lo logré!!!!!... –
La emoción era increíble en él… se sentía orgulloso… no notaba el hecho de que estaba encerrado. Enterrado.
Se encontraba en un viejo y carcomido ataúd de madera. Comenzó a tener en cuenta que estaba atrapado y que su hazaña no valdría de nada si no lograba salir de ahí rápido.
Se supone que el viejo debería de regresar a sacarlo… debería de ayudarlo… ese fue el trato… pero nunca supo qué era lo que le había sucedido. Desesperadamente rasgaba y golpeaba la vieja madera… le quedaban pocos segundos y lo sabía… se golpeaba las muñecas y las sangraba al mismo tiempo que gritaba.
- ¡¡¡Alguien ayúdeme!!!... ¡¡¡sáquenme de aquí!!!... ¡¡estoy vivo!! –
Pero parecía que nadie vendría en su ayuda… por fin pudo empezar a romper de un lado la caja… ayudaba mucho lo viejo de la madera… sus manos ya sangraban pero en su ansiedad ni siquiera se daba cuenta. Empezaba a sentir que le faltaba el aire en sus pulmones que volvía a trabajar… ya lo único que deseaba era salir de ese maldito agujero.
Por fin, después de minutos de tensión mortal logro sentir lo fría de la tierra mojada… parecía que afuera estaba lloviendo y que no habían terminado de enterrarlo bien, parecía que después de todo el viejo sí lo había ayudado pues sólo había una capa de tierra fresca de algunos centímetros…
Rascaba y rascaba con la única mano que podía hacerlo, debido a la incomodidad de la caja… Hasta que por fin parecía que llegaba al final de esa pesadilla… ya sentía los límites de la tierra…
Con sus últimas reservas de fuerza que le quedaban logró hacer un pequeño agujero en la tierra… en eso se asomó por aquel pequeño pedazo de luz, al exterior y logró ver al viejo enterrador debajo de aquella tormenta.
-¿¿eh??... que hace con esa pala…¡¡¡ayúdeme a salir de aquí!!! – le gritó con su último aliento mientras asombrado veía como el viejo se disponía a terminar de enterrarlo.
Todavía logró ver que en la otra mano cargaba una lámina con una leyenda escrita: “Jonathan Mills, 1967 – 2004. Siempre quiso saberlo todo.”
-Que tenga un eterno descanso señor…-











8Comments
Me gustó mucho tu blog, aparte que el diseño está genial, felicitaciones. Las historias que pones estan super interesantes y entretenidas.
¡Ciao!
Madre mía! :-o
wow!!!!!
estuvo buenisima esta historia he.
felicidades Gonzalo
Efrain
Wow, what a great site. I will bookmark this site and return often. It's nice to see sites like this.
Please visit my website and let me know what you think. Tell your Secret
Search engines try it
Casino
viagra
tramadol
cialis
Latest news. Viagra, cialis
viagra
cialis
tramadol
Best flower for you girlfriend
BEST FLOWER
soma or here phentermine
Pues la verdad es que yo soy fanatico de todo lo paranormal, y debo decir que tu historia quedo como decimos aqui en mexico, bien perrona, felicidades hermano, te la rifaste en serio...
Post a Comment
<< Home